Cuatro poemas de José María Álvarez

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José María Álvarez, nacido en Cartagena (Región de Murcia) el 31 de mayo de 1942, es un poeta, ensayista, traductor y novelista español. Formó parte de la antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles y está considerado como uno de los poetas españoles contemporáneos más relevantes.

En la web del poeta se recogen algunos de sus trabajos. Entre otras obras, “ha traducido al español la obra completa de Konstantino Kavafis; La isla del tesoro, Weir de Hermiston y los poemas de Robert Louis Stevenson; The Waste Land de T.S. EIiot; una antología del Ruiseñor en la poesía Inglesa; la obra completa de François Villon; los Sonetos de William Shakespeare y El Rey Lear

Todos sus libros de poesía giran en torno a Museo de cera, un libro que ha ido creciendo con los años y las nuevas publicaciones de Álvarez y que en 2016 finalizó con una edición definitiva publicada en Renacimiento.

Otros libros de poesía suyos son: La edad de oro, El escudo de Aquiles, Sobre la delicadeza de gusto y pasión, Los obscuros leopardos de la luna y Una desamparada hermosura.

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Cuatro poemas de José María Álvarez

Bezahar

                                                                    Míos fueron, mi corazón,
                                                                 los vuestros ojos morenos.
                                                                 ¿Quién los hizo ser ajenos?
                                                                            Cancionero anónimo

           En estos tiempos que corren, provechoso es disponer
                                                                          de una mujer hermosa
                                                          Alessandra Mancinghi-Strozzi

                      Estas divertidas divagaciones levantaron por un
                momento su ánimo, y entregose a la contemplación
                                                                                Joris-Karl Huysmans

El oro de la tarde
sobre el mar de tu cuerpo

El crepúsculo ardiendo en tu mirada

El ulular de sirenas de tus entrañas

Nuestras lenguas enlazándose como pájaros suntuosos

Contemplando tu belleza y mi deseo
acepto la vida

Estela funeraria

«Este que aquí dejó en la tetradracma…»
Konstantino Kavafis


Sobre el muro, grabadas
con una cuchara o con las uñas,
dos palabras.
El odio y la soberbia
del vencedor, no precisó borrarlas.

Quién fue. Joven
o viejo, o mujer, o niño. Cómo
soñaría su vida. Qué madrugada
bajo ruido de puertas, botas, armamento,
vivas y mueras bruscamente cortados
por los disparos,
vio ante sí el rostro de los asesinos.
Qué les diría.
Sobre el muro,
junto a insultos y fechas,
nombres escritos para no morir
del todo, su

YA VIENEN.

Después caminaría
con desesperación y sueño
hacia el alba helada.

Belleza contemporánea

«¿Temer tú la muerte?»
Robert Browning

«Nuevas estrellas arden en los cielos antiguos»
Rupert Brooke

Gracias, Noche amantísima,
por la perfección de este momento.
Por la comodidad de este sillón
que me permite contemplarte sin que nada
distraiga mis sentidos de tu belleza.
Por la calidad y la temperatura de esta vodka
que ampara mi sensualidad y la consagra mejor a ti.
Por la excelencia del sonido de este mecanismo japonés
que me regala la maravilla
de la Scotto y Bergonzi en ese dúo imperecedero
del primer acto de RIGOLETTO.
Gracias, Noche encantada,
porque todo eso me envuelve ante este ventanal por el que contemplo
la seductora hermosura del Chrysler Building,
al que tu, con tu manto bruñido,
haces brillar magnífico, turbador.

Este momento no es inferior
a la sensación que tuvo Goethe ante Sesenheim,
o Pound ante Venezia
o Borges ante Islandia.
Gracias, Noche narcotizadora,
gracias por concederme la inmensidad de este momento,
por enriquecer mi carne con este estremecimiento.
Déjame agradecértelo. Te brindo mi placer.
Y después entro en ti, me adormezco, soñando
con aquellos viejos reyes que se hacían enterrar
bajo montículos de conchas marinas.

Si ce n’est, par un soir sans lune
(Casanova en Dux)

«No pretendas saber más»
William Shakespeare

«La horda estaba vencida»
Alejo Carpentier

«Os confio este secreto con la seguridad de que me lo guardaréis. Suplícoos que me favorezcáis con vuestras luces, y avisos, para poder tratar esta materia con interés, y con verdad»
Clemente XIV (Ganganelli)

Mira la biblioteca de su benefactor
Y ya no entiende para qué los libros
Discute por un poco de comida
El resplandor de la lumbre ilumina
Unas manos amoratadas un gesto estúpido
De vez en cuando al paso
De una sirvienta brillan
Sus ojos
Mira cómo duermen
Los perros, también viejos
Si alguna vez le vuelve a la memoria
El que un día fue, aquel joven hermoso
Y amado aparta
Esa imagen de un
Manotazo como si fuera
Una mosca
Sólo ansía
No sufrir calentarse no pasar hambre

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Fotografías de la web del poeta

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