El yo en el paisaje

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La contemplación calmada del mundo como respuesta única a la pregunta de quién soy. Eso es Las ramas del azar (Rialph, 2015), el libro con el que Constantino Molina ganó el premio Adonáis 2014 y que logró que el poeta fuese galardonado con el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández en 2016.

Publicó el jurado que el breve libro del poeta de Albacete merecía el premio por «por ser un libro sereno en el que la naturaleza permite el descubrimiento de un sujeto contemplador del misterio de la vida, expresado de una forma contenida y musical». Y así lo deja claro el propio autor en el primer poema del libro, Canción del mundo, cuando escribe: “Si alguna vez callásemos / como callan los árboles, las nubes / y las piedras, podrían escucharse / los árboles, las nubes y las piedras”.

Se trata de un libro equilibrado, elegantemente solemne, en el que los poemas ayudan al lector a extraer la belleza natural de las cosas. El paisaje se configura en Las ramas del azar como un mapa en el que desentrañar el sentido último de la existencia. Un libro al que volver y volver, pasados los años, y que pese a ser el primer título del autor, ya dio muestras de la inteligente propuesta de Constantino Molina.

RESPIRAR como el ritmo
respira en un poema.

Percibiendo el compás
de los pulmones.

Ajustando latidos con oxígeno.

Tomar conciencia de ello
para dejar, después, que sea el aire
quien te marque su ritmo,
quien dibuje el poema de este día.
Dejando que la paz
descubra un verso nuevo.

‘Viejóvenes’ que escriben

Ana Patricia Moya comenzó, en su blog de la revista La Galla Ciencia, una interesante propuesta antológica de poesía ‘viejoven’. En ese espacio, la escritora cordobesa ‘rescataba’ voces de autores no tan jóvenes, pero cuyos textos, quizá relegados a la sombra del relumbrón de los premios y las grandes editoriales, merecían atención.

Extinguida la revista, el proyecto de Ana Patricia Moya continuó en otros foros digitales y acabó convirtiéndose, este 2020, en una Antología de poesía Viejoven editada por Versátiles con la coordinación de Moya y Manuel Guerrero Cabrera.

Escribe Marisol Sánchez Gómez en el prólogo: “Los veinte poetas incluidos en esta antología comparten con casi todos nosotros una condición general de desubicados que surge del vivir en un mundo frágil en valores en el que predomina la culpa, el miedo o la soledad (…) Poetas viejóvenes sin foto, sin filiación ni protectores que, curiosamente, constituyen una foto del panorama poético no oficial”.

Quizá no diría tanto, pero sí supone una oportunidad para descubrir algunas voces distintas y con una larga trayectoria de lecturas y escrituras entre las que se encuentran las firmas de Gema Albornoz, Ramón Bascuñana, Francisco Javier Gallego Dueñas o Julia Navas, entre otros.

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Ojos enfrentados al oro envejecido

Álvarez. Ese torrente de pasión. La luz de un color distinto al de siempre. La mirada de la esfinge (OléLibros, 2019) es la segunda antología que Noelia Illán publica sobre la obra de José María Álvarez. En esta ocasión, y bajo sugerente título, la experta en la obra del novísimo selecciona los mejores poemas que el autor de Cartagena escribe traspasado por el Deseo.

La mujer como centro de todo. El cuerpo de la mujer como única justificación para una vida. Ese es el tótem sobre el que Álvarez ha creado algunos de sus más bellos poemas y que, como si fuesen parte de un libro nuevo, Illán ha ido colocando en las páginas de esta breve antología. Un nuevo mapa para ‘entrar’ en la obra de uno de los autores españoles que más y mejor ha cantado a los placeres del cuerpo, a las certezas que justifican la vida.

Dividida en dos partes, esta antología permite “oler la piel, saborear la saliva, retozar como animales sagrados”, en palabras de la antóloga. Así, el lector pasea por la galería de ‘Las huellas del deseo’, con poemas más carnales, sexuales, explícitos; y buceará en ‘Imposible terciopelo’ para, cuenta Illán, “rozar esas cenizas del amor” que todos hemos sentido.

La mirada de la esfinge propone una lectura de a media tarde (si cerca el mar, mejor), algo de calor en la estancia, las persianas como un párpado a medias. Y el gozo de la obra del poeta.

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