Cuatro poemas de Gioconda Belli

cuatropoemasgiocondabelli
Rate this post

Gioconda Belli Pereira (Managua, 9 de diciembre de 1948) es una poeta y novelista nicaragüense. Políticamente comprometida, su obra pone en el centro a la mujer, su sentir y su sexualidad.

Tal y como explican en la web Escritoras.com, «pronto se reconoce su talento: en 1972 recibe el Premio de poesía Mariano Fiallos Gil por Sobre la grama y en 1974 el poeta José Coronel Urtecho le dedica el ensayo Entrada a la poesía de G.B. En 1978 obtuvo el premio Casa de las Américas por su libro de poemas Línea de fuego. A partir de 1979 trabaja en el Departamento de de Propaganda del FSLN. Perseguida por la policía se exilia en México y Costa Rica, hasta que con el triunfo de la Revolución vuelve a Nicaragua, desempeñando diversos cargos en el nuevo gobierno hasta su renuncia en 1994. En esta época publica dos nuevos poemarios».

Lecturalia aporta unas pistas sobre su obra literaria: «El trabajo literario de Belli se encuentra entre la poesía y la narrativa. En cuanto a su poesía, tiene un especial estilo difícilmente encuadrable en los habituales. Su obra en general, busca la identidad femenina, tratando de ser la voz de la mujer revolucionaria nicaragüense, y en ella además de retazos autobiográficos y eróticos, muestra sus preocupaciones políticas y sociales».

cuatropoemasgiocondabelli2

Cuatro poemas de Gioconda Belli

Amor de frutas

Déjame que esparza
manzanas en tu sexo
néctares de mango
carne de fresas;

Tu cuerpo son todas las frutas.

Te abrazo y corren las mandarinas;
te beso y todas las uvas sueltan
el vino oculto de su corazón
sobre mi boca.
Mi lengua siente en tus brazos
el zumo dulce de las naranjas
y en tus piernas el promegranate
esconde sus semillas incitantes.

Déjame que coseche los frutos de agua
que sudan en tus poros:

Mi hombre de limones y duraznos,
dame a beber fuentes de melocotones y bananos
racimos de cerezas.

Tu cuerpo es el paraíso perdido
del que nunca jamás ningún Dios
podrá expulsarme.

Áspera textura del viento

Nacida de la selva me tomaste
arisca yegua para estribos y albardas.

Durante muchas noches
nada se oyó
sino el chasquido del látigo
el rumor del forcejeo
las maldiciones
y el roce de los cuerpos
midiéndose la fuerza en el espacio.

Cabalgamos por días sin parar
desbocados corceles del amor
dando y quitando,
riendo y llorando
-el tiempo de la doma
el celo de los tigres-

No pudimos con la áspera textura de los vientos.
Nos rendimos ante el cansancio
a pocos metros de la pradera
donde hubiéramos realizado
todos nuestros encendidos sueños.

De la mujer al hombre

Dios te hizo hombre para mí.
Te admiro desde lo más profundo
de mi subconsciente
con una admiración extraña y desbordada
que tiene un dobladillo de ternura.
Tus problemas, tus cosas
me intrigan, me interesan
y te observo
mientras discurres y discutes
hablando del mundo
y dándole una nueva geografía de palabras
Mi mente esta covada para recibirte,
para pensar tus ideas
y darte a pensar las mías;
te siento, mi compañero, hermoso
juntos somos completos
y nos miramos con orgullo
conociendo nuestras diferencias
sabiéndonos mujer y hombre
y apreciando la disimilitud
de nuestros cuerpos.

Ahuyentemos el tiempo, amor…

Ahuyentemos el tiempo, amor,
que ya no exista;
esos minutos largos que desfilan pesados
cuando no estás conmigo
y estás en todas partes
sin estar pero estando.
Me dolés en el cuerpo,
me acariciás el pelo
y no estás
y estás cerca,
te siento levantarte
desde el aire llenarme
pero estoy sola, amor,
y este estarte viendo
sin que estés,
me hace sentirme a veces
como una leona herida,
me retuerzo
doy vueltas
te busco
y no estás
y estás
allí
tan cerca.

Suscríbete a la newsletter
Acepto que mi información personal sea transferida a MailChimp ( más información )
Recibe un correo al mes con todas las novedades de la web de Daniel J. Rodríguez.
Odiamos el spam. Su dirección de correo electrónico no será vendida o compartida con nadie más.
¡Comparte!
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

Deja una respuesta