Cuatro poemas de Leopoldo Panero

Leopoldo Panero.

Leopoldo Panero Torbado (Astorga, León, 17 de octubre de 1909 – Castrillo de las Piedras, León, 27 de agosto de 1962) fue un poeta español, miembro de la Generación del 36. Licenciado en derecho y vinculado a la dictadura franquista tras la Guerra Civil, del que llegó a ser agregado cultural, «su obra es un retorno a las emociones primarias de la existencia humana, y sus temas son tradicionales: el amor, la muerte, la tierra y el paisaje de España».

Cuestionado padre de una familia desestructurada de genios (fue padre de los también desaparecidos Juan Luis, Leopoldo María y Michi Panero y esposo de Felicidad Blanc), Leopoldo Panero es considerado por José Cereijo, antólogo de una compilación de la obra del primero en Renacimiento, «uno de los poetas mayores de nuestra posguerra (…). Basta ver el proceso de maduración de su obra para darse cuenta de que Leopoldo Panero fue efectivamente un gran poeta».

Para Cereijo, su poesía será algún día, más allá de las vinculaciones políticas y los imperdonables errores como cabeza de familia, «rutina académica (…): Su poesía, su espléndida poesía, estará siempre ahí«.

Leopoldo Panero.
Leopoldo Panero.

Cuatro poetas de Leopoldo Panero

La melancolía

El hombre coge en sueños la mano que le tiende
un ángel, casi un ángel. Toca su carne fría,
y hasta el fondo del alma. de rodillas, desciende.
El él. Es el que espera llevarnos cada día.

Es el dulce fantasma del corazón, el duende
de nuestras pobres almas, es la melancolía.
¡Es el son de los bosques donde el viento se extiende
hablándonos lo mismo que Dios nos hablaría!

Un ángel, casi un ángel. En nuestro pecho reza,
en nuestros ojos mira y en nuestra mano toca;
y todo es como niebla de una leve tristeza,

y todo es como un beso cerca de nuestra boca,
y todo es como un ángel cansado de belleza,
¡que lleva a sus espaldas este peso de roca!

En esta paz del corazón alada…

En esta paz del corazón alada
descansa el horizonte de Castilla,
y el vuelo de la nube sin orilla
azula mansamente la llanada.

Solas quedan la luz y la mirada
desposando la mutua maravilla
de la tierra caliente y amarilla
y el verdor de la encina sosegada.

¡Decir con el lenguaje la ventura
de nuestra doble infancia, hermano mío,
y escuchar el silencio que te nombra!

La oración escuchar del agua pura,
el susurro fragante del estío
y el ala de los chopos en la sombra.

A una encina solitaria

La gracia cenicienta de la encina,
hondamente celeste y castellana,
remansa su hermosura cotidiana
en la paz otoñal de la colina.

Como el silencio de la nieve fina,
vuela la abeja y el romero mana,
y empapa el corazón a la mañana
de su secreta soledad divina.

La luz afirma la unidad del cielo
en el agua dorada del remanso
y en la miel franciscana del aroma,

y asida a la esperanza por el vuelo
la verde encina de horizonte manso
siente el toque de Dios en la paloma.

Materia transparente

Otra vez como en sueños mi corazón se empaña
de haber vivido… ¡Oh fresca materia transparente!
De nuevo como entonces siento a Dios en mi entraña.
Pero en mi pecho ahora es sed lo que era fuente.

En la mañana limpia la luz de la montaña
remeje las cañadas azules de relente…
¡Otra vez como en sueños este rincón de España,
este olor de la nieve que mi memoria siente!

¡Oh pura y transparente materia, donde presos,
igual que entre la escarcha las flores, nos quedamos
un día, allá en la sombra de los bosques espesos

donde nacen los tallos que al vivir arrancamos!
¡Oh dulce primavera que corre por mis huesos
otra vez como en sueños…! Y otra vez despertamos.

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