Cuatro poemas de María Victoria Atencia

20200129 Atencia Web
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María Victoria Atencia (Málaga, 28 de noviembre de 1931), es una poeta española perteneciente a la Generación del 50. Premio Andalucía de la Crítica 1998, Premio Nacional de la Crítica 1998 y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, su poesía camina por la cuerda floja entre el clasicismo y lo contemporáneo. Sus poemas, que tienden al alejandrino, del que es verdadera maestra.

Según la biografía de su propia web, «a los diecinueve años conoce a Rafael León, su marido más tarde, y por sugerencia del mismo se entrega de lleno a la poesía. María Victoria es académica numeraria de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga, y correspondiente de las de Cádiz, Córdoba, Sevilla y San Fernando; consejera del Centro Andaluz de las Letras y de la Fundación María Zambrano, y Honorary Associate de The Hispanic Society of America (Nueva York). Una callecita de Cártama y una avenida en Málaga llevan su nombre y ya en enero de 2000 se había dado el nombre de María Victoria a un Instituto de Enseñanza Secundaria de su ciudad natal. En 2005 recibe la Medalla de Oro de la Diputación Provincial y ese mismo año, por concesión de la Junta, el nombramiento de Hija Predilecta de Andalucía».

En el Instituto Cervantes definen así su obra: «Sin rozar apenas los aconteceres biográficos, la poesía de María Victoria Atencia teje un tupido entramado de símbolos, donde destaca el jardín cerrado que concreta la nostalgia de una naturaleza ubérrima. Entre la armonía clasicista y la quiebra romántica, sus alejandrinos dibujan una poética del desconocimiento de estirpe sanjuanista, que apunta a dos propensiones contrapuestas: la enajenación de sus velos corporales y el ensimismamiento en los hondones de la propia conciencia».

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Cuatro poemas de María Victoria Atencia

Noviembre

                                                                A Juan Bernier

Oigo crujir tus hojas y vuelvo a estremecerme,
memoria de noviembre con la fruta en los labios,
pervertido jardín que hollé una vez, descalza,
y en el que, de rodillas, llevé mi frente al suelo.
Tengo el leve recuerdo de un sollozo y mi nombre,
y fielmente el del hueso, áspero, cautivo.

Venda

De un espeso tejido me rodea tu mundo
por todos los contornos.
Me abarcas como un pecho abierto a la ternura,
como una gran maroma que en surcos se me clava.

Has llegado a cubrirme, definitivo pájaro,
a decirme la vida a tu propia manera,
al modo más hermoso de vuelo sin tropiezo
abrazando la nube.

Podrías no contarme por uno de los tuyos,
y sin embargo sueles apretarme la sangre
llenándome los ojos de un agua sin salida
descolgada en sus fuentes.

En sombra de tus pliegues se encarna la ternura,
tal a una mano abierta que lo abarcara todo,
y olvida nomeolvides en lugares ocultos
de preciosos recuerdos.

Callada te delatas, Echada por mi frente
dejas correr el tiempo, como si fueras niña
que inaugurara sueños en la siesta más tenue
de un setiembre cualquiera.

A tientas yo te canto, erguida compañera
de la noche en lo oscuro, sintiéndome por labios,
por ojos y por dedos tu inundación callada
que de arriba descienden.

Muchacha


Llevas un vaso lleno de transparencias
entre inquietas manos y escurridizos dedos.

Puedes cantar el cielo, el amor, las estrellas:
todo nacerá nuevo de tus labios hermosos.

Descubrirás en sueños la vida que te acosa
tan dulcemente mansa y le sonreirás.

Despertarás el día menos pensado entre
un mayo y un setiembre y moverá el asombro
el filo de tu enagua.

Revolverás entonces de un desconcierto grande
el mundo que te llena; una luz saltará,
en caños, por tus ojos.

Y seguirá la fuente el curso de tu cuello
mientras pájaros haya en vuelo por tus venas
y palabras diciendo del amor en tu boca.

Amor

Cuando todo se aquieta
en el silencio, vuelvo
al borde de la cuna
en que mi niño duerme
con ojos tan cerrados
que apenas si podría
entrar hasta su sueño
la moneda de un ángel.

Dejados al abrigo
de su ternura asoman
por la colcha en desorden,
muy cerca de sus manos,
los juguetes que tuvo
junto a sí todo el día,
ensayando un afecto
al que ya soy extraña.

Quien a mí estuvo unido
como carne en mi carne,
un poco más se aparta
cada instante que vive;
pero esa es mi tristeza
y mi alegría un tiempo,
porque se cierra el círculo
y él camina al amor.

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