Atajos hacia Liliput

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El buen trabajo de José María Cumbreño a los mandos de la Editorial Liliputienses ha seguido invariable durante este 2020. El editor ha ofrecido estos últimos meses diversas oportunidades de conocer, siquiera tras el velo de esta distancia impuesta, autores latinoamericanos con una poética firme, solvente, interesante.

Algunas de las lecturas de estas últimas semanas han salido del catálogo de esta pequeña editorial de libros con cubiertas llamativas, títulos extraños y nombres propios que suelen resultar ajenos. Dos de ellos han sido Perro de aeropuerto, de Claudio Burguez, y Cosas comunes, de Zel Cabrera.

Libros viajan con puñados de poemas desde más allá del Atlántico. Versos que se convierten ya en recuerdo y surgen como citas de lo cotidiano, que analizan una vida tan cercana (y lejana) a la nuestra. Poemarios que se construyen con dolores tan ciertos, problemas gemelos, felicidades a una,… que construyen el signo e interpelan.

Perro de aeropuerto, de Claudio Burguez

Las costillas pateadas de un perro abandonado. Las costillas a la vista, como un acordeón del miedo. Es la primera imagen de este breve poemario que transita por ciudades, camas vacías y aeropuertos, en el que hay hoteles, cuartos fríos, madrugadas, silencios.

Burguez mira lo trágico desde la posición del que no interviene, del que lo ha integrado en su vida y apenas lo ve como una anécdota más que acumular hasta el día de la muerte. Así construye un libro en el que el lector sintoniza directamente con algunos poemas como:

La cosa más frágil que he visto
fue mi padre acurrucado en su cama, piel y huesos
tomando leche por vía intravenosa
con los ojos ligeramente cerrados
rumbo 80 años atrás, a ese rancho, esos perros
esos 12 hermanos mayores
y prendido fuerte a la mano de su nieta.

La cosa más frágil es ver a tu padre que se va
peleando con todo su esfínter para no perder ese taxi.

Cosas comunes, de Zel Cabrera

El calendario como lienzo. La biografía como forma de inspiración en imperativo. Zel Cabrera habla desde las Cosas comunes para trazar un retrato de ella misma dentro de su generación.

El libro se convierte en una línea divisoria entre la generación anterior, la de su madre (aquella que no puede tender las bragas a la vista) y la suya, en la que se lucha por otros pudores: un trabajo digno, la casa amable en la que descansar, aquel día en que te mirarás al espejo y verás algo que te haga sentir orgullosa…

También hay en este libro de Liliputienses ventanas, barrios, calles, edificios en construcción de sueños, perros/fiestas/cumpleaños/recuerdos/las-llamadas-que-me-debes…

Merece la pena volver a los atajos hacia Liliput. Tener cerca alguno de estos mapas de páginas y cubiertas llamativas. Repletos de poemas como este:

Una tarde pediste que camináramos
bajo la lluvia,
como lo hacen tus pequeños vecinos
lluviosos en barquitos de papel
felices como en una pecera,
mientras la vecina les grita
que se van a enfermar si no se meten.

Pediste también que olvidara mi paraguas,
mis rainboots,
y que dejara colgada mi gabardina.

Dijiste: la lluvia
no va a derretirte,
acaso corres el riesgo de desdibujarte.

Y así fue; a regañadientes,
olvidé mi paraguas, mis rainboots,
olvidé también el miedo a resfriarme
y fui un garabato de mí misma.

Habité la lluvia, la dejé correr
y canté como lo hacía Gene Kelly
-tralalá tralalá-
pero desafinada igual que la lluvia,
que nunca cae con el mismo ritmo
ni con la misma inclinación
y se desafina apenas el aire
la rodea.

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