Heme aquí, aunque privado de mi patria, de vosotros y de mi casa,
y aunque se me ha arrebatado todo cuanto quitarme se pudo,
sigo acompañado, sin embargo, de mi ingenio y de él disfruto;
ningún derecho pudo el César tener sobre él.
Ovidio. Tristia III, 7.
Un mar de nostalgia y exilio abriga tus ojos cuando oteas el horizonte en busca de la Ciudad Eterna. Esperas a un heraldo que libere tu angustia, pero no llega nadie, y tu esperanza perece en el arrullo de las olas, cada día.
Lo ha hecho. Antonio Martínez Mengual ha pintado la desesperación, la angustia, la añoranza desbordada y ese deseo de recobrar una y otra vez los perfiles de un locus amoenus del que todos, alguna vez, hemos sido expulsados. El poeta del color y los lienzos lanza un grito ahogado, de asumida aflicción, en las obras que forman TRISTEZAS OVIDIO, una exposición que reconcilia al poeta latino con la grandeza de la Roma de su exilio en el Museo del Teatro Romano de Cartagena.

Una veintena de pinturas negras, como vapores de pesadilla serena, abren una muestra que supone un diálogo con la obra última de Ovidio, con esos últimos «ingenios» que escribió junto al mar negro de Tomis: su Tristia, su urgente llamada. Ya ahí, el espectador de la obra de Martínez Mengual podrá comprender el sentido de lo expuesto: una mirada sollozante ante el mundo que te aparta, el dolor de perder la luz de Roma (que es, acaso, todo aquello que amamos), y la súplica constante, discreta, casi silente, por volver. Son, esas 25 entregas de tinta china sobre papel, «como pequeñas postales remitidas por Ovidio, donde exponía su tristeza y su situación», explicaba el artista anoche, en la inauguración de la muestra, que se podrá visitar hasta el 23 de abril de 2018.
Asume Martínez Mengual en esta exposición el papel de cronista de las desgracias de Ovidio: el adiós impuesto por César Augusto, el camino hacia Tomis -oscura desventura en la que el naufragio debió ser tanto físico como espiritual-, el mar como frontera inabarcable y el oráculo, el Oráculo del Viento, que jamás ofrecerá al poeta latino la respuesta ansiada, esa que le hablase de un retorno que le permitiría, una vez más, contemplar la grandeza del Imperio.
Así resume ese sentimiento Elena Ruiz Valderas, directora el Museo, en el catálogo: «En sus óleos y papeles los versos se convierten en pinceladas cargadas de lirismo, donde el pintor expresa a través de su paleta de color, unas veces en rojos y azules intensos, en otras en negros y violetas, toda la carga emocional que trasciende de los versos ovidianos; el sufrimiento, la nostalgia de la patria, el alejamiento de los seres queridos…».
Es TRISTEZAS OVIDIO, sin duda también, el relato del desasosiego tranquilo, del desconsuelo débil de esta época. El pintor/poeta habla de Ovidio y de una Roma bimilenaria, pero, a la vez, interpela al visitante, le indica que este es un ahora de sueños incumplidos, de anhelos que se escapan a escasos centímetros de la punta de sus dedos. Es, TRISTEZAS OVIDIO, la asunción solemne del mundo imperfecto en que vivimos, un lugar en parte inhóspito, en el que todos, absolutamente todos, naufragamos camino del exilio.


