No sé muy bien cómo explicarlo: El Oráculo de Yuggoth me hizo sentir cosas que pocas lecturas logran. Empecé por curiosidad, atraído por su mezcla de ciencia ficción y horror, pero acabé completamente absorbido.
Hay libros que te cuentan una historia, y otros que te sumergen en ella y no te permiten despegar de sus páginas hasta que llegas al punto final. Este último tipo de libros son los peligrosos, los que parecen abrirte una rendija hacia algo que no deberías ver, pero que te seduce de una manera inexplicable. Así se siente leer a Quico Vicens.
EL principal punto de atractivo de este libro es la forma en la que su autor ha construido el mundo en el que se mueven sus protagonistas: la ambientación es sencillamente espectacular.
Cada detalle, cada descripción del espacio, transmite una sensación de aislamiento total. Plutón, el plantea que sirve de escenario, deja de ser un punto lejano en el sistema solar y se convierte en un espacio vivo, palpitante, hostil… Hasta el punto de que, al salir de la lectura, pareciera que puedes imaginar hasta la textura de esa tierra.

La nave Perséfone es casi un personaje más, con sus propios ruidos, tensiones y secretos. Allí interaccionarán los protagonistas de El Oráculo de Yuggoth, en un espacio que parece estar diseñado para la tragedia.
De esta manera, el lector comprende que el destino es inevitable, pese a lo perturbador que es ver cómo los personajes se van deshaciendo poco a poco, no solo físicamente, sino mental y espiritualmente. Es un desmoronamiento que se siente auténtico, inevitable.
Más allá de la trama, destaca el modo en el que Quico Vicens construye un universo complejo, donde la mezcla de referentes es lo más llamativo. Ciencia, filosofía, misticismo y horror se dan la mano, de una manera completamente orgánica, en este libro.
El autor logra combinarlo todo sin forzarlo, con una suerte de don natural que solo está reservado a los grandes autores de género.
En su novela hay momentos de una lucidez tremenda que sirven casi como lecciones de vida para los lectores. Tanto es así que no son pocos los pasajes donde te preguntas si realmente estás leyendo ficción o una especie de manifiesto sobre los límites del conocimiento humano. Los momentos para la reflexión están servidos en esta aventura espacial que rompe con todos los esquemas a los que estamos acostumbrados en este tipo de novelas.
De hecho, su lectura me recordó que el verdadero terror no viene, al menos no necesariamente, de criaturas imposibles, sino de enfrentarnos a lo incomprensible con la arrogancia de creer que podremos entenderlo.
Cuando terminé el libro, no pude leer nada más durante días. El poso de esta historia tiene que penetrar en quien se enfrenta a ella. Tenía la cabeza llena de imágenes, de sonidos, de preguntas. Y eso, en mi opinión, es la mejor señal de una gran historia: no se apaga al cerrar la última página, sino que sigue vibrando dentro de ti, como una melodía que no puedes olvidar.