Cuando conseguí mi primer trabajo con nómina mensual, decidí independizarme.
En el momento en el que di con un alquiler lo suficientemente económico, llamé a una amiga y le pregunté: ¿cuánto cuestan los suministros mensuales? El agua, la luz, las basuras… Todo eso me preocupaba, precisamente por tener una nómina no demasiado alta, aunque sí suficiente.
Ocurrió. Nos mudamos y comencé a trabajar, mientras que la que era mi novia se quedaba en casa estudiando sobre órganos, intervenciones quirúrgicas, anatomía y medicaciones.
1000 euros y treinta días por delante.
630 euros y 29 días por delante, una vez pagado el alquiler.
El dinero me preocupaba. Llegar a fin de mes, darnos algún capricho, esperar al siguiente ingreso para volver a pagar el alquiler, darnos algún capricho, pensar en algún viaje.
Llegar a fin de mes.
Ver la cuenta del banco.
Llegar a fin de mes.
Desarrollé un método: cada día, después de la comida y cuando volvía a la oficina, miraba el total de la cuenta y lo dividía entre los días que quedaban de mes.
Si tenía 300 euros y era el día 15, tenía un máximo de 20 para gastar a diario. Y en ellos trataba de encajar compras, suministros, todo… Viví, durante un par de años, una especie de agonía tranquila que hoy recuerdo con una simpática extañeza.
Esa imagen ha vuelto, una y otra vez, mientras leía Diario del dinero, de Rosario Bléfari (ediciones comisura, 2025).

Algo más que un testimonio de lo precario
Escribe Julieta Venegas en el prólogo de Diario del dinero, «[este diario es] un deseo de tomar las riendas del mundo y aterrizarlas, no dejarse llevar por su corriente amarga». Así debe sentirse cualquier, así debí de sentirme yo cuando, como Bléfari, llevé ese diario improvisado de gastos.
Así lo hace la autora. Desde los años 70 hasta finales de la década de 2010, la cantante y escritora construyó un diario íntimo en el que, principalmente, trataba de anotar gastos:
Miércoles 25 de marzo, 2015
A las 7 a. m. pasadas estamos con Nina caminando hacia Rivadavia. Se olvidó la tarjeta SUBE y la acompaño, retándola y quejándome, hasta la avenida Goyena. Sigue sola. Voy al Dupuytren en colectivo, $3,50, luego a la OSA -Obra Social de Actores-, otros $3,50. Autorizo y voy al centro de estudios, donde pago $5 de coseguro. Comemos algo a la salida con F.: pizza y una sola Coca. Pago en efectivo $125, con propina incluida.
Al inicio, asomarse a esta intimidad económica es extraño. ¿Qué hago yo leyendo el cuaderno de gastos de una artista que apenas conozco? Pero poco este Diario del dinero se revela como algo más. Pongámoslo por puntos:
- El dinero atraviesa hasta la creación artística.
- El dinero no lo es todo, pero lo es todo.
- Los números son un témpano hasta que caen en las manos adecuadas.
- La economía puede convertirse en el material plástico de la literatura, incluso cuando no se busca este efecto.
Poco a poco, el lector cae en esta vorágine de cifras en las que se va imbricando la vida de la artista, la de su familia, de la iniciales que corresponden a sombras que no importan tanto por quienes son como por lo que son para Bléfari.
Las apenas 250 páginas de este diario, que las editoras eligen reproducir de manera no cronológica para construir, así, el collage de las últimas décadas de la sociedad argentina, se convierte pronto en una confesión abierta sobre la vida, la creación, lo cotidiano.
De pronto, el libro se acaba. Se reducen las cuentas, se acaba la obsesión por el dinero. Pero esa voz, anárquica y sincera, se queda, como cuando en enero de 1997 dice:
Domingo 10 de septiembre, 2017
Soy la que está triste y a quién le importa. Triste porque la tristeza es una herida. Mi herida viene de todo lo que no soy yo, vuelto contra mí, en ella.
En ella el enojo, el resentimiento injustificado, que se le pega, como se pega un vicio o una costumbre cualquiiera.
Otra vez me extingo en su enojo, que llega hasta donde sea que vaya.
Ahora estoy muy arriba y muy lejos, y pienso que voy a desentenderme por completo de estos días. Quiero recuperar mi totalidad. Ojalá la familia fuese siempre otra cosa, nunca una atadura pesada que demanda.
Unos quejándose de los otros.

