La vida de un ser Doliente

Doliente

Cómo marca la infancia. Cómo escriben heridas con forma de biografía el trauma, el dolor, el miedo… Aquella promesa de salir de excursión en bicicleta, el día que conociste el ridículo y la vergüenza de lo distinto, todas esas piezas que conforman un cráneo roto y débil, impresionable frente a todo, incapaz de ciertas cosas…

Dos nenes dan a luz
a otro niño quince años mejor,
desde ahí van a saber
que toda tristeza
se tapa con más vida.

Los versos de la argentina Patricia González López en Doliente (Liliputienses, 2019) son la biografía de una vida que ha tapado una ausencia, la del padre; de una mancha: la que le impide quererse porque no le han enseñado; de un propósito: el de acelerar el tiempo y que todo pase por inercia, porque toca, sin apenas pararse a ser feliz o a dolerse.

Una infancia nada amable se adivina en la primera parte de los poemas de Doliente (Liliputienses, 2019), de Patricia González López. Clic para tuitear

Una infancia nada amable se adivina en la primera parte de los poemas de Doliente. El libro se forma desde algunas confesiones la poeta, nacida en 1986, parece disparar casi sin quererlo, porque “y si por fin / me abandona el miedo, ¿qué me queda?”. Y así, bajo esa estela del miedo, van sucediendo poemas que analizan un mundo injusto para la mujer, precario para los jóvenes, imposible para el futuro.

La primera parte del libro, Demolición, construyen -valga la ironía- el perfil de un yo poético completamente destruido por esas convenciones sociales que obligan a la mujer a tener cuidado, a entregarse a amar de un modo concreto…

Pero la poeta habla desde un tiempo futuro, en el que ya ha podido analizar los errores que trataron de imponerle (“no me enseñaron a quererme / me enseñaron lo que hay que hacer para ser querida / (…) / la culpable soy yo la culpable soy yo la culpable soy yo / (…) / soy habitante de la falocracia”) y se enfrenta a ello con el ánimo de la rebelión personal.

Y esta configuración social que es ella y contra la que lucha en una batalla que de algún modo ya está perdida, se desarrolla en las partes posteriores de Doliente, como en no queDa bonito quererse, donde Patricia asume que las relaciones personales, amorosas, nunca serán como las que inconscientemente imagina: “Mi erotismo es tus llamadas de borracho; / un disfraz par voz que te causa gracia; / no hay un lazo que podamos romper jugando a ser otros”.

Al final, doliente es el diario de “una niña aprendiendo a vivir / con menos agua caliente y verdad“, y que trata de recomponerse de un modo nuevo, más libre y consciente de sí misma, absoluta dueña de sus limitaciones, pero despojada de todas aquellas que los otros, que lo otro, le han impuesto.

Recién entiendo
que pasé mi vida
buscando a quien echarle la culpa
de las faltas de mi cuerpo
yo prendí velas para ser perfecta
a medida que te acercabas
yo aún rellenando la sonrisa
y sin creerlo estábamos
en casa jugando a ser niños
que descubren su cuerpo por primera vez
se me gastó el paladar mientras te adoraba
me agoté de inventarte
mientras nos engañaba el calendario
para ya te estabas culpando
me mataste hasta mirarme
doliente
cuando me iba
por fin me entraba ese vestido y me iba
mientras era mi universo
me viste
y nos vimos con los ojos del fondo
me acercaste el colchón de las fantasías
como cuando vos de chico
porque extrañabas
marcabas el número de tu abuela
en un teléfono público sin monedas
para que pase
te maté hasta que te vi, también
vos también me querías,
al fin, al fin nos vimos,
al fin hay grupo.
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