Luis Sánchez Martín: «Tenemos veintitantos nazis reconocidos y orgullosos de serlo en el Congreso»

Luis Sánchez Martín.

Hay varias cosas dignas de admiración en el hombre que se arma con camisas de cuadros y camisetas de grandes (que no viejas, porque son eternas) glorias del rock. La primera es la pasión. Lo atestiguan aquellos que han sido editados por Luis Sánchez Martín en su flamante sello Boria, una bruma que ya alberga una veintena de títulos valientes, noveles. Todos coinciden en el cariño y dedicación que presta este «editor de verdad, de los de antigua escuela» a la edición de sus libros. La segunda es la pasión. Esta vez por el rock, que lleva por bandera desde su estilismo hasta en sus listas de reproducción. La tercera es la pasión. Escritor también, dedica otra buena parte de su vida (esa que se extrae del tiempo libre, lejos de los horarios del trabajo, más allá de las labores editoriales que también forman parte del tiempo libre) a crear relatos, novelas y poemas.

Se enfrenta el autor de Sin anestesia y Bebob café a estas coordenadas que salva de una forma valiente y… sin pelos en la lengua:

-Un epitafio.

Espero no ser enterrado en ningún sitio, por lo que no lo necesito. Me basta con que me recuerden por mis chistes, y no por mi cuerpo.

-El más grande defecto.

Nadie lo diría por el ritmo que lleva la editorial, pero soy más gandul que hecho de encargo, levantarme de la siesta me supone un dolor que muy pocos comprenden. De hecho no es extraño que me acueste después de comer y me levante ya al día siguiente.

-El lugar donde has sido feliz.

Suena algo frívolo, con la de cosas cursiEJEM, BONITAS, que se podrían decir, pero han sido siempre conciertos de rock. Me recuerdo pegado a un radio-caset desde que tengo uso de razón, con el dedo sobre el botón rojo para grabar las canciones que más me gustaban en cuanto se callaba el locutor, y descubrir el rock and roll y el rockabilly con 12 años me cambió la vida porque cambió a quien yo era. Y de todos (Stray Cats, The Original Bill Halley´s Comets, Chuck Berry…), me quedo con el 24 de marzo de 1996, en Madrid, cuando tuve frente a mí a Carl Perkins, pionero del rock and roll, contemporáneo de Elvis, gran amigo de Johnny Cash, primer compositor de Rockabilly de la historia (Elvis creó el estilo llevando versiones a ese terreno, pero el primero que escribió temas propios de este estilo fue Perkins). Acabó su actuación llorando porque en la última canción, el mítico Blue suede shoes, no pudo más que tocar la guitarra, la cantó entera el público (y ahí estaba yo, dejándome las cuerdas vocales en la segunda fila) y creo que no se lo esperaba. Llegó sintiéndose una vieja gloria de la que nadie se acordaba y se encontró a 2.000 jóvenes dando saltos y gritando sus letras. Siento haberme extendido tanto, si te sirve de consuelo tengo un relato que habla de aquella noche, esto ha sido la versión corta.

-Lo que da más miedo.

El fascismo.

-La última atrocidad.

Tenemos veintitantos nazis reconocidos y orgullosos de serlo en el Congreso de los Diputados y a nadie parece importarle.

-Qué no te da pena.

Cualquier desgracia que le ocurra a un fascista.

-Un enemigo.

El fascismo.

-Alguien a quien admirar.

Para no seguir mentando al bicho, me voy por lo artístico (pero vamos, cualquiera que combata al fascismo en todas sus formas, que no es sólo la militar, como erróneamente se tiende a pensar).

Vale, he escrito una lista de cerca de 50 nombres (y tenía muchos más en la recámara) de músicos, pintores, escritores y tal, y la he borrado porque me he dado cuenta de que admiro a cualquier persona que valore el arte y la cultura, lo necesarios que son y todo lo que pueden conseguir como las herramientas de comunicación y reflexión que deben (o pueden) ser.

-El título de tu biografía.

Siempre me ha perseguido el título Carrera con el Diablo. Es una canción de Gene Vincent, un cantante americano de los años 50 que es para mí una especie de semidiós. Así se tituló uno de mis primeros relatos, cuando escribía con más ganas que talento, y apareció en mi primer libro (un libro bastante autobiográfico, además). Posteriormente el relato dio lugar a un poema con el mismo título y, en breve, aparecerá mi primer poemario (muy autobiográfico, de nuevo), que también se va a titular así.

Desde hace mucho tiempo considero mi vida eso: una carrera con el Diablo en la que lucho constantemente por dejarlo atrás.

-Último libro que cerraste a medio.

Ni idea. Cuando me ocurre eso olvido título y autor a los diez minutos.

-¿Pasado, presente o futuro?

Futuro, es lo único por lo que merece la pena luchar.

-La última voluntad.

Espero no tener que pedirla, significaría que he llegado a ese punto habiendo logrado (o intentado, que a veces ya es bastante) todo lo que quería.

-Un libro.

Llevo años salvando esta cuestión con El lobo estepario, de Hermann Hesse. En momentos muy puntuales puede ser otra obra la que más me transmita, pero ésta lleva 25 años en mi Top 5 particular, mientras otras entran y salen, y eso debe significar algo.

-Una película.

Imposible. Dos de mis favoritas son Very bad things y Los aristogatos. Imagina todo lo que hay dentro de ese arco.

-Una canción.

Le tengo especial cariño a Say mama, de Gene Vincent, porque hubo un tiempo en el que la canción me dejó sin nombre. La gente me veía por la calle y me decía: «hey, Say Mama, ¿dónde vas?».

También Don´t stop me now, de Queen.

-Un cuadro.

Nighthawks, de Hopper. Ojalá pudiera tener un momento así cada noche.

-Una receta.

Cualquiera que no contenga ignorancia ni miedo (ingredientes principales del fascismo). Si hablamos de gastronomía, el caldero que hacía mi padre. No hay particular ni restaurante que supere eso. Aclaro, porque no sé si se estila mucho fuera de Murcia: el caldero es un arroz caldoso con base de pescado y marisco.

Hopper.
Hopper.
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