Ana Blandiana junto con Viorica Patea.

Ana Blandiana: «El sentido de la poesía es el de restablecer el silencio»

Yo vengo del verano,
es una patria frágil
que cualquier hoja
puede apagar al caer

A. B.

Minutos antes de esta entrevista, Ana Blandiana ha mantenido un encuentro con una veintena de jóvenes creadores. La poeta ha sido franca en sus respuestas e insistente en sus preguntas. Pareciera –lo es, de hecho– que su interés en lo que media docena de escritores nóveles murcianos puedan decirle es real. Ha mantenido con ellos casi dos horas de conversación en la que su voz y su lenguaje –el rumano, tan exótico como cercano– se han escuchado en el completo silencio de la admiración. Guarda una belleza solemne, coqueta, sencilla e intensa; y es delicada en cada acción: una mirada, una mano firme que rubrica su nombre en los libros que le llevan, una palabra en ese idioma que suena tan hermoso… Mira fijamente con unos ojos que no pueden evitar la tristeza, pero que tienen vocación de devolver a sus interlocutores la verdad de una palabra: esperanza. La esperanza de una poeta que ha visto, que ha sufrido, que ha superado el horror.

Ana Blandiana junto con su traductora, Viorica Patea.
Ana Blandiana junto con su traductora, Viorica Patea.

Usted nació en los años 40, vivió en un régimen comunista –tras el que ayudó a crear un Museo de la Memoria, ha escrito sobre amor, sobre violencia, sobre naturaleza… ¿Quién es la mujer que hoy le devuelve la mirada desde el espejo?

(Sonríe, y su cara ahora es la de una niña pudorosa. Comienza a hablar, tras meditar unos segundos, y su voz cálida se cuela por la grabadora. Titubea. Sonríe. Habla. Mira al entrevistador como si las dos lenguas –el español y el rumano– fuesen una: un lenguaje universal, pegado a la parte más humana de cada uno de los presentes en la sala).

Yo me encuentro como alguien que se siente la misma, que no ha cambiado con los años. Me miro sin asustarme y sin contar el tiempo, con la única obsesión de preguntarme sobre si los jóvenes me ven de la misma manera en la que yo me veo o si, para ellos, soy solamente una señora. Hacia los jóvenes siento una relación de igualdad y una contemporaneidad, pero no sé si ellos sienten lo mismo hacia mí.

Un coche vigilaba sus movimientos en la puerta de la casa en la que permanecía bajo arresto domiciliario impuesto por Nicolae Ceaușescu en la década de los sesenta. Experiencias como esta, además de la historia familiar –su padre fue perseguido y encarcelado por motivos ideológicos–, hacen de Blandiana una mujer que ha pugnado contra el horror, que lo ha sobrevivido y ha sido capaz de existir con esa sombra en sus recuerdos.

¿Se puede superar el horror?

Claro que sí. El mero hecho de que sigo viva es una prueba de que se puede superar. Lo esencial es no olvidar y buscar siempre la parte buena de la vida y de la gente. Hay un refrán normando que dice que todo lo malo conduce a algo bueno; en nuestro caso –me refiero a los países del este se ha creado, por decirlo así, una especie de patrimonio del sufrimiento que ha conducido a una visión mucho más profunda a la hora de ver el mundo. Por eso creo que estas naciones son más difíciles de manipular que las de occidente: a causa de esa experiencia del sufrimiento.

Viorica Patea, una de sus traductoras al castellano, dice algo así en uno de sus libros: “Su vida y su obra encarnan el destino colectivo”. ¿Usted, Ana, se siente voz de la colectividad? ¿En su obra toma la posición de aquella que habla por otros?

Nunca he pensado en esos términos. Considero que cada artista se representa únicamente a sí mismo, pero esa representación puede coincidir con el destino colectivo y, en mi caso, sí que ha coincidido. He atravesado la Historia sin sustraerme de ella, dejando que ella me represente.

¿Y quiénes son esos otros a los que, de algún modo, presta su voz?

Sobre todo el pueblo rumano, pero ahora pienso algo más: últimamente las fronteras se han borrado de los mapas y también entre las categorías humanas. Por ello, creo que todos los países del este estarían dentro de ese colectivo del que usted habla.

Quería añadir un matiz: yo no he hablado en nombre de otros, pero ellos sí que han utilizado mis palabras para expresarse a sí mismos.

¿Cómo define su poesía?

No sé si sé decirlo, pues de alguna manera creo que no tiene un excesivo valor lo que yo pueda decir sobre mi obra (otra vez algún tipo de pudor; otra vez una sonrisa). Siempre, cuando leo reseñas y artículos que se escriben sobre mis libros, me suele asombrar el hecho de que a los críticos no les gusta lo que me gusta a mí, así que mi propia opinión subjetiva creo que no debe ser importante en este caso.

Usted ha dicho: “Ser poeta no es una profesión, sino un misterio”. También ha hecho referencia a una ‘voz’ que le habla cuando escribe. ¿Qué convierte a una persona en poeta? ¿Son personas especiales, tocadas por los ángeles a los que tanto se refiere usted en sus poemas? ¿Por qué es usted poeta?

Por la voz que dicta mis versos.

(Las personas que asisten a la entrevista estallan en risas, que Ana ‘corrige’ veloz con sus palabras)

No, no bromeo. Y es que ni siquiera soy original al decir esto. Hay muchos poetas que dicen lo mismo, que concurren en la misma idea de que, por lo menos, el comienzo del poema viene de fuera.

Yo tengo una prueba. Me avergüenza un poco decirlo y sé que puede parecer extraño, pero tengo una prueba que descubrí hace diez años: cuando vuelvo a leer mis manuscritos veo que hay ciertas letras que están mal escritas, puestas a la inversa. En lingüística, hay labiales sonoras y labiales sordas –b y p, por ejemplo, y yo las confundo en esas páginas. Así que es como si alguien me hubiera dictado ese texto y yo no lo hubiera escuchado bien y las confundo.

Entrevista publicada originalmente en La Galla Ciencia.
Entrevista publicada originalmente en La Galla Ciencia.

Antes ha hablado de la eternidad y del duende. Ha dicho cosas muy hermosas y que, de algún modo, tienen que ver con esa voz que le habla.

Creo que la eternidad es la eterna esencia del arte y la eterna esencia del arte es su intensidad. Esto tiene una relación con la palabra flamenca ‘duende’, que esta mañana me han intentado explicar. Es decir, la eternidad es esa llama, este arder que, si no existe, no existe nada. El resto es literatura. En ese sentido los poetas, independientemente de sus condiciones ideológicas, se hermanan siempre con la mística. La intensidad del arte es idéntica a la intensidad mística, independientemente de si se cree en dios o no. Sí, puede haber una relación con la fe, pero no necesariamente.

¿Y cuándo fue usted traspasada por la poesía? ¿En qué momento se dio cuenta de lo importante que iba a ser en su vida?

Es un fenómeno complejo: en primer lugar, yo hablaba en verso antes de tener seis años: jugaba con palabras, poemas… Después aprendí a leer y a escribir y descubrí a distintos poetas a través del tiempo. Mientras leía a estos escritores, traté de hacer como ellos, de imitarlos. Imitaba al poeta que leía en cada momento. He pasado por todos esos estadios en una especie de filogénesis literaria hasta llegar a ser yo misma en mi etapa de infancia y adolescencia.

En la charla que ha mantenido antes de esta entrevista con jóvenes creadores les ha preguntado acerca de la búsqueda de la originalidad como fórmula opuesta al respeto por la tradición. ¿Es algo que le preocupa?

Yo no voy en contra de la originalidad, ni la cuestiono, lo que me preocupa es la búsqueda de la originalidad. El objetivo del trabajo de un artista no puede ser la originalidad en sí.

Voy a dar un ejemplo del mundo de la pintura. En el periodo Renacentista los pintores trabajaban siempre en el taller con sus maestros y, en esta época, no hacían más que tratar de parecerse a sus maestros. Uno de esos casos es el de Botticelli, que trabajaba con Leonardo y que siempre quería llegar a pintar como su maestro. Así, poco a poco, llegó a ser él mismo, pero llegó allí no con la intención activa de diferenciarse, sino mirando lo anterior: así logró su grado de maestría.

Ana Blandiana.
Ana Blandiana.

En la historia moderna, es el surrealismo el que introdujo como finalidad destruir todo lo que le precedía, y del surrealismo quedan, en la historia del arte, solo aquellos artistas que poco a poco dejaron de someterse a esa etiqueta para ser ellos mismos. Así lo hizo el poeta Éluard.

En una entrevista reciente indicaba que era el momento, para usted, de hacer la poesía de la soledad. ¿Realmente está en ese momento? ¿Y qué espera que venga después de eso?

El sentido en el que dije esto no fue el de que intentaba escribir acerca de la soledad. La soledad es el sentimiento sine qua non de la poesía; es decir, la poesía nace solo de la soledad.

En esa entrevista hice esta afirmación porque fue en fechas muy próximas a la muerte de mi marido, pero la soledad no es algo malo: es la fuente de la poesía. Se opone a la agitación continua que nos rodea. Yo toda mi vida he buscado estar sola. Claro, que hay una gran diferencia entre querer estar sola y que te dejen estar sola, y a mí no me han dejado estar sola.

¿Lamenta no haber tenido esa oportunidad de estar más tiempo sola?

Sí.

En ‘Mi patria A4’ hay un artículo final en el que usted escribe: “Expresar lo menos posible para sugerir mucho más. El silencio contiene dentro de sí la poesía”. ¿Por qué escribe entonces?

Evidentemente, es una paradoja, pero es una paradoja que esconde una gran verdad: la poesía no es un vagón de palabras –aunque existan poetas que sí lo consideren así y se dediquen a hacer encajes con una masa de palabras. Para mí, en un mundo en el que se habla tanto, el sentido de la poesía es el de restablecer el silencio. Evidentemente, nunca un poeta va a renunciar a sus palabras, pero el problema es realmente la tendencia. Hay distintas categorías de poetas. Algunos hacen, como he dicho, encajes de palabras con las que hablar y hablar, y otros para los que la poesía no tiene que expresar, sino que tiene que sugerir.

Obviamente, esta lógica nos lleva al absurdo, el absurdo de no decir nada para sugerirlo todo. No se llega a esto, pero es el camino que cuenta.

Explíquese.

El camino es un concepto que existe en todas las religiones, desde las primitivas hasta el cristianismo; todos hablan del camino, ‘Yo soy el camino’. Así que lo que cuenta es esa senda, no el final, no la realización de la finalidad, sino de aquello que lleva a ella.

Pese a ser una poeta de mirada interior, Blandiana no deja de sentirse presente en el mundo que habita, en la sociedad con la que convive. Muestra interés por lo que se cuece entre los nuevos creadores, por sus inquietudes y reflexiones a propósito de la creación literaria. Vive, al fin, preocupada por la concepción actual de la poesía.


¿Qué protagonismo tiene la poesía en el mundo actual?

En el día de hoy, y en el mundo libre, la sociedad de consumo ha llegado a un límite. Así lo creo. Una sociedad de consumo es una sociedad en la que la poesía no tiene un lugar bien definido, sino que es más bien marginada. Pero, como digo, considero que se ha llegado a una situación extrema en la que la gente se ha cansado un poco del materialismo, de esa forma de vida que consiste en trabajar lo máximo posible para ganar lo máximo posible, con el objetivo de comprar mucha más comida y comer más veces al día y en más cantidad y, al final, optar por una dieta para perder el peso que se ha ganado con esos excesos.

Nos encontramos, opino, en un punto de inflexión en el que ha nacido la necesidad de buscar una espiritualidad y regresar a esa forma de estar en el mundo. Decía André Malraux que el siglo XX va a ser religioso o no va a ser. Yo creo que el sentido de esta cita célebre, que se podría adaptar al siglo XXI también, no hace alusión al islam, como pudiera parecer, sino que se refiere a que la humanidad va a retornar a la espiritualidad para continuar existiendo y no perecer.

Por eso, el hecho de que haya tantos festivales de poesía, de que yo reciba tantas invitaciones que no puedo aceptar, indica que existe esa necesidad y que incluso las autoridades han tomado conciencia de ellas y la incentivan de alguna forma. En ese sentido, estoy convencida de que la poesía es un modo de convencer al individuo de que es otra cosa más allá de un mero aparato digestivo.

¿Sigue sintiéndose cerca de sus maestros? Rilke, Dickinson, Eminescu, Blaga…

Sí, aunque no tienen muchos puntos en común entre ellos. Pese a ello, su influencia llega hasta mí por varios caminos. Por ejemplo, en lo que concierne a Eminescu, no hay una hermandad estilística. Él es un poeta romántico y hay mucha literatura existente entre él y yo, pero sí puedo decir que nos situamos en un eje que empieza con él, se continúa con Blaga y llega hasta mí.

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