Cuatro poemas de Rosa Berbel

Rosa Berbel.

Rosa Berbel (Estepa, 1997) es poeta. Fue ganadora de la IV Edición de Ucopoética y ha publicado algunos de sus textos en libros colectivos y antologías. Con Las niñas siempre dicen la verdad ganó la XXI edición del Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, editado en Hiperión.

La ironía y un ‘desgaste vital’ precoz son los impulsores del libro, donde también hay lugar para la incertidumbre de quien sabe que “la infancia ha terminado” y se enfrenta a un mundo en el que la precariedad laboral, la posición vulnerable de la mujer, el amor y otras cuestiones se sitúan poco a poco en el centro.

Cuatro poemas de Rosa Berbel

EL AMOR MODIFICA LA TRAYECTORIA DE LOS VIAJES

La suerte del amor es ese instante
en que vuelves a casa
como un niño
y te preguntas de nuevo cuánto falta
cuánto falta otra vez
para el futuro.

ORÁCULO DE DELFOS

En Delfos inventaban el futuro,
nunca lo anticiparon.
No hay adivinación posible en los oráculos
ni en sucesivas formas de misterio,
sino una luminosa fe creativa.
Astrología, bolas de cristal, tarot,
las palmas arrugadas y secas de las manos,
todo funciona igual y se sustenta
anafóricamente,
sobre la misma idea:

siempre, sin ninguna excepción,
la imagen crea el acontecimiento

Cuando digo mañana nos convoco.

EL FINAL DEL VERANO

La infancia ha terminado.

En esta casa nueva,
no reconozco el orden de las cosas,
ni la lógica esquiva de la sangre.

Pero sé que hay lugares
en los que basta solo una palabra
para encender el fuego.

SIN TÍTULO

De verdad que lamento
no recordar su nombre.
Pese a que tiene el mismo rostro ausente,
la misma cara larga de hace años.

Hombre joven aún con barba negra,
demasiado delgado,
que abrocha sus zapatos amarillos
en todas las esquinas.
Una suciedad cauta,
discretamente amable en el jersey.

Hombre con voz de hombre adormilado
cierra los ojos fuerte
de forma compulsiva.

Camina sin fijarse en lo que ocurre,
porque el asombro ya no nos reclama,
pero detrás de él,
detrás de mí se agolpan los semáforos
y las familias agitan sus bolsas
como copas de plástico.

De verdad, de verdad que lo siento,
pero me es imposible saber cómo se llama,
cómo era aquel apodo sin maldad
con que lo condenábamos entonces.

A veces estas cosas suceden de repente.
Las palabras se quedan más arriba
y debajo nosotros tentando como ciegos,
tropezando descalzos
con objetos antiguos que ya no recordamos.

Hombre rígido en medio de la calle,
que se lleva las manos a la boca,
que interrumpe a otros hombres para pedirles
algo de paciencia.
Podría acercarme a él,
atravesar corriendo toda esta marabunta
de cuerpos como hormigas
muy tristes, muy nerviosas
y preguntarle allí
si puede recordarme.
Saber por qué este ruido,
saber por qué el futuro nos coloca
de nuevo frente a frente
y nos obliga a no reconocernos.

Podría dedicarle unos minutos,
tal vez unos segundos
saludarlo de lejos,
con la mano derecha
reubicar ahora el peso de mis compras.
Pero no lo haré.

Agarro bien la vida
y sigo mi camino despistada,
entre los pisotones de la gente.

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