Cuatro poemas de Roger Wolfe

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Roger Wolfe (Westerham, Kent, 17 de octubre de 1962)​ es un poeta, narrador y ensayista inglés, residente en España desde su infancia y uno de los principales representantes de una tendencia literaria denominada Realismo Sucio.

En palabras de Juan Miguel Merino, estudioso de la obra de Wolfe, “la propuesta literaria de R. Wolfe […] apuesta por la concisión y la precisión verbales, frente al exceso retórico de los grandilocuentes discursos de la modernidad. Sus obsesiones, sus referentes, sus temas se hallan vinculados a sus propias experiencias en la vida e ignoran los lugares comunes (el fin de la historia y de los grandes relatos, la muerte de Dios y de las ideologías) compartidos por una modernidad que se esforzó en autojustificarse y se olvidó de vivir”.

El primer libro de Wolfe, Diecisiete poemas, apareció en 1986 y desde entonces el autor acumula más de una veintena de libros de poesía, narrativa y ensayo. Su particular estilo ha hecho que la obra y la figura de Wolfe tenga tantos admiradores como detractores; mientras que los primeros lo defienden por su honestidad, los segundos consideran que este estilo de escritura descarnado y directo no es más que una provocación y una banalidad.

Cuatro poemas Roger Wolfe

Cuatro poemas de Roger Wolfe

El peso

Es esta condenada
impotencia.
Esta ausencia
hasta de rabia.
Este peso.
Sí, este peso:
como un frasco
de aspirinas
en un estómago
vacío.

Derecho

Tienes derecho
a expresar
libremente
todo aquello
que te esté permitido decir.

Parpadeo

Pedro Salinas
dice en un poema
que no quiere dejar de sentir
el dolor de la ausencia
de la mujer a la que ama
porque eso es lo único
que le queda de ella:
el dolor.
No recuerdo sus palabras exactas.
Él lo dice mejor que yo.
Eran otros tiempos.
Salinas está muerto.
La mujer a la que amaba también.
Pronto lo estaremos todos.
La vida es un mero parpadeo.
Abre los ojos
y ciérralos

Esta infinita y patética belleza

El comienzo del verano y la noche
yace como un cuerpo herido
que la aurora no consigue desvelar.
Recorro la ciudad
taconeando
en las aceras agrietadas
con mis viejas botas
de Valverde,
tan cansadas como yo
del incesante embate
de cascos rotos y batallas.
Un contenedor
arde solitario en una esquina
ante los ojos embotados
de un borracho
que ya no sabe que lo está.
No hay policía.
Y es extraño.
Dos mecánicos amantes
se palpan las partes
con gestos agotados
que ni siquiera el último
tiro de nieve emponzoñada
es capaz de revivir.
Parpadean los semáforos
tintineando en huérfana advertencia.
Y no hay sencillamente estrellas
que me valgan.

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