Cuatro poemas de José Ángel Valente

Cuatro poemas José Ángel Valente 2

José Ángel Valente Docasar​ (Orense, 25 de abril de 1929 – Ginebra, 18 de julio de 2000) fue un poeta, ensayista y traductor español. Licenciado en Derecho y en Filología Románica, su obra literaria fue distinguida por con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras o el Premio Nacional de Poesía, entre otros.

Heredero de la tradición mística española, José Ángel Valente asimila tradiciones culturales, históricas y tendencias filosóficas creando textos cada vez más profundos y complicados”, refleja una breve biografía del Instituto Cervantes. En el Círculo de Bellas Artes de Madrid definen así su obra: “muy personal e independiente, suele inscribirse dentro del llamado grupo poético de los años cincuenta o generación del medio siglo. Sin embargo, el permanente alejamiento físico e intelectual del poeta, la renovadora originalidad de su obra y la deliberada desconexión de uno y otra con respecto a dicha “generación”, hacen de José Ángel Valente un autor único y singular, ajeno a toda escuela y a cualquier tendencia preestablecida”.

En palabras de Rafael Narbona, “la poesía de Valente entiende la expresión como un ejercicio de anonadamiento. El habla poética no es comunicación, sino una empresa de conocimiento, impregnada por un inequívoco propósito moral”.

Cuatro poemas José Ángel Valente
Cuatro poemas José Ángel Valente

Cuatro poemas de José Ángel Valente

Sé tú mi límite

Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco de la tristeza.

Una sola palabra tuya quiebra
la ciega soledad en mil pedazos.

Si tu acercas tu boca inagotable
hasta la mía, bebo
sin cesar la raíz de mi propia existencia.

Pero tú ignoras cuánto
la cercanía de tu cuerpo
me hace vivir o cuánto
su distancia me aleja de mí mismo
me reduce a la sombra.

Tú estás, ligera y encendida,
como una antorcha ardiente
en la mitad del mundo.

No te alejes jamás:
Los hondos movimientos
de tu naturaleza son
mi sola ley.
Retenme.
Sé tú mi límite.
Y yo la imagen
de mí feliz, que tú me has dado.

La mujer estaba desnuda…

La mujer estaba desnuda.

Llegó un hombre,
descendió a su sexo.
Desde allí la llamaba
a voces cóncavas,
a empozados lamentos.
Pero ella
no podía bajar
y asomada a los bordes sollozaba.

Después, la voz, más tenue
cada día,
ya se iba perdiendo en remotos vellones.

La mujer sollozaba.

Tendió grandes pañuelos
en las lámparas rotas.

Vino la noche.

Y la mujer abrió de par en par
sus inexhaustas puertas.

Sólo el amor

Cuando el amor es gesto del amor y queda
vacío un signo sólo.
Cuando está el leño en el hogar,
mas no la llama viva.
Cuando es el rito más que el hombre.
Cuando acaso empezamos
a repetir palabras que no pueden
conjurar lo perdido.

Cuando tú y yo estamos frente a frente
y una extensión desierta nos separa.
Cuando la noche cae.
Cuando nos damos
desesperadamente a la esperanza
de que sólo el amor
abra tus labios a la luz del día.

Cae la noche

Cae la noche.
                   El corazón desciende
infinitos peldaños,
enormes galerías,
hasta encontrar la pena.
Allí descansa, yace,
allí, vencido,
yace su propio ser.

                    El hombre puede
cargarlo a sus espaldas
para ascender de nuevo
hacia la luz penosamente:
puede caminar para siempre,
caminar…
                     ¡Tú que puedes,
danos nuestra resurrección de cada día!

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