Cuatro poemas de Félix Grande

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Félix Grande (Mérida, 4 de febrero de 1937-Madrid, 30 de enero de 2014)​ fue un poeta, flamencólogo, narrador y crítico español encuadrado en la Generación del 50 y está considerado como uno de los grandes maestros de su generación.

«Aunque extremeño de nacimiento, pasó su infancia y juventud en el pueblo de Tomelloso (Ciudad Real), donde vivió hasta 1957 y donde desempeñó los más diversos y humildes oficios: pastor de cabras, dependiente de una tienda de ultramarinos, empleado en una carpintería, en una bodega y en una oficina, trabajos que continuó en sus primeros años de estancia madrileña», reflejan en la biografía del autor publicada en la web de la Real Academia Española.

Su carrera literaria comenzó al recibir el Premio Adonais de Poesía en 1963 por su obra Las piedras, libro de talante existencial en el que explora el tema de la soledad. En Biografías y vidas añaden que Grande «cultivó desde muy pronto la narrativa, y fue galardonado en 1965 con el Premio Eugenio d’Ors de novela corta por Las calles. Ha prestado también atención al relato breve, del que pueden ser ejemplo los títulos Parábolas (1975), Lugar siniestro este mundo, caballeros (1980) o Fábula (1991)».

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Cuatro poemas de Félix Grande

Casida de la alta madrugada

Cuando te acuerdes de mi cuerpo
y no puedas dormir
y te levantes medio desnuda
y camines a tientas por tus habitaciones
borracha de estupor y de rabia

en algún lugar de la Tierra
yo andaré insomne por algún pasillo
careciendo de ti toda la noche
oyéndote ulular muy lejos y escribiendo
estos versos degenerados.

Mudo que rompe a hablar

He querido expresarme
Toda mi vida he querido expresarme.
No tengo otro destino, otro afán, otra ley.

Fui actos sucesivos
y el olvido que destilaban
los corroía a ellos ya mí.

Sobre los actos fui palabras
y ellas buscaban una lumbre
que no me calentaba a mí.

Palabras y actos juntos
nada son sin placer del cuerpo.

Ahora regreso de esa vida umbría
buscando siempre calor de mujer.
Palabras y actos sólo allí me expresan.

Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.

Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea

Elogio de la desobediencia

Mientras nos lo prohíben
juguemos, sí, con fuego
Un himno a los que viven
como una brasa el juego

En la ocasión primera
huye del lento hielo y arrójate en la hoguera

Atizarán el fuego mientras bramas
y escupirán al fuego
Mas tu sentido sólo está en las llamas
Para ellos la razón, para ti el juego

En la ocasión primera
devuélveles su frío y arrópate en la hoguera

Únicamente vive lo que arde
Alabado sea el fuego
Abrásate de amor, juega tu juego
Que el amor te preserve y que el fuego te guarde

Y en la ocasión primera
besa humilde las llamas horribles de la hoguera

Calle vacía

A ese a quien no se ve, yo lo conozco.
No está y es evidente como un sueño.
Por la calle vacía,
derramada en la siesta y en el cielo,
con un roce de ayer suenan sus pasos
en perfecto silencio.

A ese a quien no se ve, yo lo conozco.
Va hacia el final o vuelve o está quieto
mientras la calle en sol arde callada,
secreta y clara, enharinada en tiempo.

A ese a quien no se ve, yo lo conozco,
o yo lo reconozco, o lo recuerdo,
o lo busco sin fin… ¡Dios lo bendiga,
tan solo como va, tan lejos!

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