Cuatro poemas de Carmen Conde

Carmen Conde

Carmen Conde Abellán (Cartagena, 15 de agosto de 1907 – Majadahonda, 8 de enero de 1996) fue periodista, poeta, narradora y la primera mujer que ingresó en la Real Academia Española. «Su poética se articula sobre la base de una tensión interior que aflora a través de la pasión por la vida y el sentimiento amoroso. Su relación con el poeta Antonio Oliver Belmás, con quien se casó en 1931, contribuyó a consolidar su personalidad poética, que se tradujo en una intensa actividad creadora».

Obra poética 1929-1966 le hizo merecedora del Premio Nacional de Literatura. Publicó además algunas novelas (En manos del silencioLas oscuras raícesA este lado de la eternidad), de un marcado tono lírico.

La poeta cartagenera fue elegida académica de número de la RAE en 1978, un gran reconocimiento profesional a su trayectoria como creadora literaria, pues fue la primera mujer que formó parte de la institución.

Tal y como explican en la página de la Real Academia de la Lengua dedicada a la escritora, fue nombrada «hija predilecta de la ciudad de Cartagena, hija adoptiva de La Unión, poseedora de las llaves de la ciudad de Miami, así como de varias adopciones por entidades culturales de Miami y de Nueva York, Carmen Conde formalizó la donación del legado cultural de Antonio Oliver y del suyo propio a su ciudad natal, Cartagena, en 1995″.

Carmen Conde en su ingreso en la RAE.
Carmen Conde en su ingreso en la RAE.

Cuatro poemas de Carmen Conde

Desierto Sájara

Sí. Yo tuve un mar sobre mi arena.
Un mar grande sin límites, compacto.
La tierra de oro que abrasa soledades
estuvo henchida augusta del mar que ya no soy.

Picaban gaviotas mi cuerpo remeciente,
movíanse las naves arriba de mis olas.
Pues yo era el mar que hervía sobre la arena rubia,
la arena saturada que hoy clama por su agua.

¡Oh el mar aquí fantasma, el mar que finge el viento,
desmelenando dunas, al aventar mi arena!
¡Ay mar del agua espesa, la que corpórea y dura
ansían caminantes de mi desierto blando!

¿Qué arcángeles de fuego evaporar pudieron
tanto mar que hube, llevándolo a un abismo?
Es mi arena abrasada la más sedienta boca
que clama por un agua que le bebieron dioses.

Los hombres me caminan, soñándome poblado
de aquel mar que fue mío, el mar sobre el desierto.
Yo les mullo mi carne, les recibe mi arena
y se quejan de sed junto a mi sede sin huelgo.

¡Ay mar de mi génesis, el mar que me escurrieron
a una zanja de llamas: cuánto pesa la arena!

Gracia

Van a cantar las aves. Lo siento en mis costados.
Porque me tiemblan alas que nunca vi crecer.
Y súbitos los árboles sacuden sus mensajes
para que yo los coja y lleve por el viento.

Van a brotar más fuertes. Escucho que la tierra
desliza por mis plantas sus tibias humedades;
y un arroyo no nace si una mujer no quiere
que le ciña las piernas con su lienzo delgado.

Sé que vienen jardines. Sé que brincan corceles.
Aprender todo eso me ha costado la vida.
Y os la dejo en el mármol, por si alguno la hallara
y quisiera saber cómo se olvida tanto.

Voy ausentándome de mí…

Voy ausentándome de mí.
Poco a poco, el lastre de ensueño cede
su sitio a la realidad doble
que es mi vida en transcurso.
¡otro ser dentro de mi carne
fragua su carne, su piel,
su corazón diminuto, mi estrella!

Asisto a la escisión silenciosa
con pasmo anhelante, con gozo
nuevo de verme en otros ojos míos,
de mis ojos hechos,
de mi sangre coloreados,
¡ay!, de toda cuanta soy.

Día por día el latido
es golpe que me recuerda, urgente,
valor que no tengo,
heroísmo que nunca soñé.

Y temo por el que estoy creando
en convenido misterio
dentro de mi soledad sin orillas
cerca de mi corazón, su estrella.

Posesión

Caías en mí.
Eco de tu pesantez mi vida
era una canción precipitándose
en la eternidad.

Inmerso en mi silencio
eres el cielo que sostiene un arroyo,
que levanta un árbol.
En que un lucero corta su voz
de eternidad.

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