Todos hemos querido confesarnos alguna vez así: con amargura, conscientes del propio barro que engendra las palabras, pero sin tratar de limpiarlo con la razón, entendiendo nuestro papel de víctimas con conmiseración, como viéndonos desde fuera y dejándonos gritar, soltar el dolor, exorcizarlo.
Así ocurre en el escenario. Aleksi, pintor de éxito que encarna todos los males de quien crea para ‘sacar a sus demonios’, recuerda el último verano con su madre.
Francia. El color en fuga de los girasoles. El aroma de las palomitas llenándolo todo de un dulzor extraño. La degeneración. La muerte.
Aleksi pinta. Lo hace en un escenario extraño, transparente y blanco, con apariencia de quirófano. Aleksi pinta y grita y llora y pone voces y dibuja a su madre y la encarna en una sábana blanca que es a la vez vida simulada y mortaja.
Aleksi se duele sin filtros, se deja ser protagonista de una historia que pasa (algo siempre percibido por el espectador) por su propia lectura egoísta. Ese hombre enfadado con casi todo, por encima de casi todo, no pretende que su relato sea objetivo, sino calmante; calmante para su dolor, calmante para el luto por la muerte de su madre y para el luto por su propia adolescencia destruida.

Esto es lo que Juan Díaz pone sobre el escenario en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, un montaje de Miguel Alcantud basado en el libro homónimo de Tatiana Tibuleac y publicado en España por Impedimenta.
El pasado sábado, el actor levantó este monólogo con sabor a intervención artística en la sala Los Ángeles, en Los Ángeles de San Rafael.
Ante medio centenar de espectadores, el actor construyó un personaje complejo, poliédrico, que viaja en el tiempo y se mueve entre recuerdos, deseos, pesadillas y un presente extraño en el que va ejecutando algunas de las obras que lo han convertido en un pintor de éxito.
Porque el mayor atractivo del montaje está ahí: en ver cómo Díaz transita por un amplísimo y vertiginoso espectro de emociones mientras, además, crea en directo una serie de obras pictóricas diseñadas por la artista Bárbara Shunyi para esta representación.
El montaje, en el que se destilan sabiamente los principales puntos de conflicto de la obra original y se respeta el texto (que, lógicamente, adolece de lo mismo que la novela al ser inocentemente lírico en algunos momentos), es un interesante acercamiento a la novela, que se convirtió en un fenómeno de ventas en España desde su publicación y sigue siendo uno de esos títulos que aparece, una y otra vez, en listas, recomendaciones y lecturas pendientes. Merece la pena volver a encontrarse con este Aleksi, ahora encarnado.

