Voy a empezar diciendo algo que tal vez suene raro: yo nunca he usado Tinder. No porque me sienta superior —faltaría más—, sino porque llegué tarde a la fiesta. Cuando empecé a oír hablar de la app ya estaba en una relación, y para cuando volví a estar soltera… digamos que no me seducía demasiado la idea de buscar amor (o cualquier sucedáneo) deslizando dedos por una pantalla. Pero entonces cayó en mis manos Tinder y yo, de Iván Klem, y de pronto sentí que lo había vivido todo. Bueno, casi todo.
Este libro es como una comedia romántica con final abierto, pero contada por ese amigo que te hace reír, aunque esté hecho polvo por dentro. Tiene algo de diario íntimo, algo de crónica social y mucho, pero mucho, de monólogo de stand-up. Iván no se corta. Habla de su experiencia en Tinder con una franqueza que a ratos desconcierta y a ratos te hace soltar carcajadas. Pero lo que más me gustó es que no intenta maquillar nada: ni sus expectativas, ni sus decepciones, ni sus pequeñas victorias en forma de encuentros humanos (algunos más humanos que otros, eso sí).
Hay algo muy valiente en contarse así, sin filtros, en una época en la que todo se retoca. Porque seamos honestos: hoy en día, hasta las emociones se editan. Y este tipo va y te cuenta sus citas raras, sus noches de pasión, sus charlas existencialistas con gente que a veces ni aparece en las fotos del perfil. Lo hace con humor, sí, pero también con una sensibilidad que sorprende. Detrás del sarcasmo se nota una necesidad profunda de conexión, de verdad, de piel y de alma.
Una de las cosas que más me enganchó fue cómo el autor entrelaza sus historias con observaciones sociales que, si te paras a pensarlas, son casi filosóficas. Porque al final, Tinder es solo un reflejo (a veces deformado) de cómo nos relacionamos hoy. De cómo evitamos el compromiso, de cómo confundimos deseo con afecto, y de cómo hemos convertido el amor —ese concepto tan grande— en un mercado donde todo parece estar a un clic de distancia. Y aunque Klem se ríe de eso, también lo señala con inteligencia y con dolor. Un dolor sutil, que no se queja, pero se nota.

También hay espacio en el libro para la ternura. Para los encuentros que no acaban en sexo, ni en desastre, ni en ghosting, sino en algo que se parece a la esperanza. Me encantó leer esas historias, aunque sean pocas, porque equilibran la balanza. Nos recuerdan que no todo está perdido. Que todavía hay quien mira a los ojos, incluso a través de una pantalla. Que a veces un “match” no es solo un algoritmo funcionando, sino una chispa que, contra todo pronóstico, prende.
Me sorprendió además el componente artístico del autor. No me lo esperaba en un libro sobre citas online, pero ahí está: su faceta de fotógrafo, de escritor, de observador casi antropológico del mundo contemporáneo. Y ese toque le da al libro una dimensión más rica. Porque lo que podría haber sido solo un compendio de anécdotas se convierte también en una mirada estética, en una reflexión sobre la belleza (y la fealdad) de los vínculos humanos.
No quiero idealizar el libro, ojo. Hay momentos en que el estilo puede parecer demasiado informal, incluso algo desordenado. Algunas ideas se repiten, otras se quedan en el aire. Pero eso también forma parte del encanto. Tinder y yo no es una tesis. Es un viaje. Y como todo viaje, tiene tramos luminosos y otros más caóticos. Lo importante es que nunca pierde la honestidad. Ni el ritmo. Ni el sentido del humor.
Una reflexión pegada a la vida
Lo recomendaría, sin duda. Especialmente a quienes han usado Tinder y han salido escaldados. O fascinados. O ambas cosas. Pero también a los que, como yo, lo han mirado desde fuera con una mezcla de escepticismo y curiosidad. Este libro no te dice si debes usar la app o no. Lo que hace es abrirte la puerta a una experiencia muy humana: la de buscar (y no siempre encontrar) algo que nos haga sentir menos solos.
Y eso es, al final, lo más valioso del libro: que no habla solo de citas. Habla de nosotros. De nuestras ganas de ser vistos. De nuestros miedos. De nuestras inseguridades. De nuestras búsquedas. Lo hace desde un lugar muy real, muy accesible. Sin dramas innecesarios. Sin recetas mágicas. Pero con una lucidez que, si te dejas llevar, puede dejarte pensando mucho después de haber pasado la última página.
Así que gracias, Iván, por contar tu historia con esa mezcla de descaro y ternura. Por hacernos reír sin dejar de hacernos pensar. Y por recordarnos que, incluso en medio del ruido digital, sigue existiendo un lugar —a veces borroso, a veces inesperado— donde puede haber conexión verdadera. Aunque solo dure un instante. Aunque no llegue nunca. O aunque empiece, quién sabe, con un simple “Hola, ¿qué tal?”.