Lo que me pareció una grave discusión con mis padres me hizo marcharme una noche con 18 años. Quienes me acogieron ese día me contaron que llegué con un ataque de pánico: me había ido sin mis libros.
A veces, me sorprendo imaginando esa caricatura: un chico metiendo en una trolley medio centenar de libros. Sus libros. Y yéndose a dónde, para qué… sin que eso importe tanto. Pero los libros. Cerca, ofreciendo un abrigo extraño.
He recordado esa escena muchas veces mientras leía El librero Vollard, un brevísimo libro de Pierre Péju editado por Tropismos en 2004. Quien me lo regaló —otro librero, por cierto— sabía lo que hacía: me entregaba un texto que demuestra que la literatura no sirve para nada, pero que, en algunos casos, tiene el poder de ofrecer un sostén único, un espejismo de salvación, tan necesario.

Vollard vive para sus libros. Se construye a través de distintas citas que apuntalan su memoria, mira los retratos de sus maestros en su vieja librería y encuentra no consuelo, pero sí un norte hacia el que dirigirse, que lo define y le da entidad, lo materializa ante un mundo que le resulta ajeno.
Vollard conduce un camión lleno de libros. Vollard frena como si no estuviera destinado a hacer otra cosa en la vida, pero ya es tarde: atropella a Eva, una niña que salía del colegio en busca de su madre ausente.
Desde esa premisa, Péju pergeña un brevísimo relato que habla sobre cómo los libros acompañan, que reflexiona sobre la verdadera eficacia de su poder salvador, que demuestra que la vida, con literatura, es otra cosa, pero sigue siendo vida.
La belleza del silencio
La práctica del yoga me ha llevado, poco a poco, a la de la meditación. No sé hacerlo bien, no logro que el silencio se implante en mí cuando me siento sobre las rodillas y busco alejar todo pensamiento. Sin embargo, cada vez disfruto más de esos ratos conmigo mismo, para mí mismo, en busca de la disolución total de lo que soy.
Pablo d’Ors sintió lo mismo antes que yo. Mejor que yo. El escritor y sacerdote ha hecho de la meditación una forma de vida que lo ha convertido en alguien más libre, más feliz, más satisfecho con aquello que inevitablemente ocurre.

Así lo cuenta en Biografía del silencio, un libro reeditado por Galaxia Gutemberg donde el fundador de Amigos del Desierto profundiza en el misterio de la meditación. D’Ors invita a vencer la resistencia a al práctica para conocerse, para amainar las aguas que nos bañan cada día.
Para él, soltar, confiar en el otro, desprenderse de sí, son las claves de la vida. Y la práctica continua de estas sentadas diarias ayuda a vaciar la mente de palabras, de prejuicios, de juicios y futuribles, de recuerdos… para que el ser se encuentre con el ser y lo deje pasar por delante.
Dice Pablo d’Ors: «Medito para que mi vida sea meditación; vivo para que mi meditación sea vida. No aspiro a contemplar, sino a ser contemplativo, que es tanto como ser sin anhelar». Quizá en esas dos líneas se resuma toda una sabiduría inabordable hacia la que debemos apuntar.
Un pueblo que habla
Los recuerdos del porvenir es la voz de un pueblo, Ixtepec, en el que la vida se abre, mágica, camino hacia algún tipo de infierno. El amor y lo imposible, la venganza y el respeto, el miedo y la agresividad, el temor a lo extranjero… Todo se da en este texto con el que Elena Garro se colocó en un espacio de claroscuro de la literatura latinoamericana.
Ahora, escribe Isabel Mellado en la edición de la novela realizada por Alfaguara, es un acto de justicia acceder a un texto «transgresor y enigmático», «con un voltaje diferente». Así es: lo que se cuenta importa tanto como el modo en que es contado y, sobre todo, por quién asume la voz narrativa: el pueblo, las mujeres extranjeras, los militares que manejan el pueblo desde los abusos, los vecinos de siempre, aquellos que se esconden cabizbajos y los que ensayan una rebeldía silente… Todos están representados en este laberinto que lleva a un final: el destino del propio Ixtepec.
Poesía y collage
Leer poéticas es, en muchas ocasiones, enfrentarse a textos relativamente manidos, donde el lugar común es la más patética de las conquistas. En algunos casos, ocurre diferente: suele ser cuando te enfrentas a un poeta verdadero, a una escritora que ha puesto el oficio por encima de todo, de casi todo.
El brevísimo libro Poesía y collage (Renacimiento, 2019) es un ejemplo de ello. El añorado Francisco Brines reúne aquí dos textos, La certidumbre de la poesía y Universalidad y aventura del collage, que ha usado, en distintos momentos de su vida, y siempre animado por una ‘obligación’ externa, para definir no tanto su poesía, sino el modo en el que él se acercaba a la creación lírica.
Apenas cien páginas dan para afilar varias veces el lápiz y anotar destellos de pensamiento poético, humildad, conocimiento enciclopédico y, sobre todo, experiencia humana. Aquí van algunos de ellos:
Yo diría que, en mi obra, la vida, entendida de un modo nada estricto, es el origen del poema, pero que, a su vez, esa vida, tal como se presenta al lector, es el resultado del poema.
Cuando en el papel se ponen voluntariamente proposiciones lógicas es en función de que sean mediadoras de un pensamiento poético, que siempre resulta potenciador, y va más allá de lo meramente explícito.
El poeta griego y el de hoy son, en lo fundamental, el mismo, porque la humana conciencia no ha variado en lo esencial, y la existencia está cercada por los mismos enigmas. Y el placer, el desvalimiento, la felicidad, el dolor, le habitan de la misma manera. El hombre sigue siendo la misma débil trampa de tiempo, y ante él se presenta el mismo vacío o esperanza.