Leer Cabalgando entre dos tiempos es entrar en la conciencia de un hombre que escribe cuando ya ha vivido casi todo y sabe que la memoria es lo único que le queda para ordenar el caos. Faustino de Garay no se presenta como un héroe perfecto ni como un mártir, sino como alguien profundamente humano, lleno de contradicciones, errores y pasiones, y ese es uno de los grandes aciertos de la novela de Nuria Alonso Garcés.
La premisa es clara y eficaz: un militar retirado, instalado en Madrid en 1836, decide poner por escrito su vida para que no se pierda en el olvido. A partir de ahí, el relato se despliega hacia atrás y avanza cronológicamente desde su infancia en La Almunia de Doña Godina hasta las décadas más convulsas del siglo XIX español. No hay trampa ni artificio: el lector sabe desde el inicio que está ante unas memorias, y la autora aprovecha esa estructura para construir un tono confesional que sostiene todo el libro.
El estilo es uno de los pilares de la novela. Alonso Garcés opta por una prosa cuidada, de frase larga pero clara, con un ritmo constante que recuerda al de la narrativa decimonónica sin caer en el pastiche. Hay encabalgamientos, digresiones, reflexiones morales y políticas, pero siempre al servicio del personaje, nunca como exhibición erudita. Se nota la formación histórica de la autora, pero también su decisión consciente de no convertir la novela en un tratado académico.

Faustino es un narrador honesto en su subjetividad. No intenta justificarse constantemente ni edulcorar sus actos, especialmente en lo que respecta a su relación con las mujeres, uno de los aspectos más delicados y, a la vez, más interesantes del libro. El protagonista reconoce su dificultad para el compromiso, su tendencia al deseo y su incapacidad para construir una vida sentimental estable. Esto lo aleja del héroe romántico tradicional y lo acerca a una figura más incómoda, más real.
En cuanto a los personajes secundarios, destacan especialmente los miembros de la familia Garay. Martín, el hermano ilustrado y político, funciona como contrapunto intelectual y moral; Joaquín, marcado por el odio y la venganza, representa la radicalización que provoca la guerra; y Sebastiana, la madre, aporta una dimensión íntima y trágica que sostiene buena parte del peso emocional del relato. Ninguno de ellos está tratado de forma superficial: todos evolucionan, se contradicen y toman decisiones que tienen consecuencias.
La guerra, omnipresente en la novela, no aparece como un escenario épico, sino como una fuerza destructiva que arrasa con todo. Las campañas militares, los desplazamientos, el hambre, las enfermedades y la brutalidad se describen con sobriedad, sin recrearse en el espectáculo, lo que refuerza su impacto. La Guerra de la Independencia, el reinado de Fernando VII y las tensiones políticas se integran de forma orgánica en la vida del protagonista, sin necesidad de largas explicaciones externas.
Otro aspecto destacable es la forma en que la novela aborda el cambio de época. El título no es casual: Faustino vive literalmente «entre dos tiempos», entre el Antiguo Régimen y un mundo que intenta modernizarse a trompicones. Esa sensación de transición constante, de no pertenecer del todo a ningún lado, impregna el tono del libro y le da una coherencia profunda.
No es una novela rápida ni pensada para el consumo inmediato. Requiere atención, tiempo y cierta disposición a dejarse llevar por una voz que reflexiona tanto como narra. Pero precisamente ahí reside su valor. Cabalgando entre dos tiempos no busca impresionar, sino comprender; no pretende glorificar el pasado, sino mostrarlo con sus luces y sombras.
En definitiva, estamos ante una novela histórica sólida, bien documentada y, sobre todo, humana. Una obra que invita a leer despacio y a pensar en cómo la historia grande se cuela siempre en las vidas pequeñas, aunque esas vidas, como la de Faustino de Garay, acaben siendo cualquier cosa menos insignificantes.