Lo pequeño, lo esencial, lo invisible

Lo invisible

Luis Alberto de Cuenca es uno de esos autores a los que apetece volver de vez en cuando, ‘consumirlo’ a pequeños bocados: un poema por aquí, regresar a la serie negra, dejar de reconocer su voz de línea clara en algunos de los versos de Elsinore…

Por eso resulta acertada la colección de Haikus completos (1972 – 2018) que la editorial Los libros del Mississippi, dirigida por Antonio Benicio Huerga, publicó el pasado 2019. Con una segunda edición que recoge las últimas creaciones breves del madrileño, Haikus completos permite acercarse a la brevísima producción en la que, con acierto, De Cuenca ha optado por recoger el espíritu de esta composición japonesa, bien sea en métrica o espíritu.

Dice Ricardo Virtanen en el texto que hace de prólogo de la edición que «De Cuenca es un poeta vitalista que ahonda con sus haikus en una forma personal de entender la poesía: desde un culturalismo heterodoxo hasta una cotidianidad casi subversiva». Y así es: todas las marcas de identidad de la estética del poeta están en las apenas 100 páginas que recoge Haikus de toda su carrera. Para muestra, los siguientes:

En el silencio
de la pasión perdida
canta tu cuerpo.

***
La planta muerta
vive y crece en el viento
de la memoria.
****
Abro la puerta.
Descubro que no hay nadie
fuera ni dentro.

Otras formas de lo esencial

En esa línea de la búsqueda de lo esencial -aunque de un modo muy distinto- se sitúa Maribel Andrés Llamero en Los inútiles (Isla Elefante, 2022). La poeta trabaja sobre la idea de la importancia de aquello que no es útil, pero sí vital para muchas personas: el arte, los recuerdos, la arquitectura de los lazos sociales, la esperanza del futuro o la contemplación tienen un peso capital en un libro en el que todo ocurre porque debe, lo contemplen o no los hombres y las mujeres que saben apreciarlo.

Una poesía contenida, clara, expresiva y visual que hace que la lectura conecte al lector con una idea de trascendencia discreta. Y que invita a dar la espalda, al menos un poco, a ese mundo en el que todo debe tener sentido productivo, utilidad, servir para algo.

¿Para qué sirve, entonces, la poesía? ¿Para qué la música? ¿Para qué el crecimiento de unas flores? Ella dice:

Ni aunque este árbol jamás
en fruto se multiplique
será estéril
su belleza.

Lo negado

Cayó en mis manos una antología publicada Poesía de la negritud, publicada en 1972 por Publio L. Mondéjar. En ella, recoge muy brevemente la obra de algunos de los poetas de la negritud, «una postura coherente del intelectual colonizado» con la que los nativos se posicionan políticamente en contra de sus colonizadores durante el siglo XX.

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En palabras del compilador, esta poesía surge en un contexto en el que al negro «se le oprime en su raza, y es por causa de ella por la que toma conciencia». Así, los colonizados adquieren conciencia de su color como arma política y «a través de él canalizará su primer gran grito revolucionario» en la literatura.

La antología, breve, contiene poemas de Jean-Joseph Rabéarivero, Leon G. Damas, Aimé Césaire, Léopold Sedar Senghor, Birago Diop, Jacques Rabemananjara, David Diop, Keita Fodeba, René Depestre, Felix Tchicaya U’Tamsi, Agostinho Neto, José Craveorinha, Kalungano, Gabriel Okara, John Pepper Claok y Wole Soyinka.

Estos autores ensayan distintas poéticas, tanto desde el punto de vista estilístico como temático. Pero en todos se puede apreciar la herida de la discriminación, del racismo. Y la búsqueda de una identidad que pasa por reivindicar las raíces y superponerlas a las tradiciones impuestas por los colonizadores.

¿DÓNDE ESTOY?

No
No me busquéis
donde no existo

Yo vivo
curvado sobre la tierra
siguiendo el camino señalado
por el chicote
en mis costillas desnudas

Yo vivo
en los puertos
alimentando las calderas
accionando las máquinas
el largo camino de los hombres

Yo vivo en el cuerpo
de mi madre
vendiendo mi propia carne
mi sexo
no es para amar

Yo vivo
perdido en las calles
de una civilización
que me aplasta
con odio
sin piedad

Y si mi voz se oye todavía
y si yo canto todavía
es porque no puedo morir
pero sólo la luna escucha mi dolor

No
no me busquéis en los grandes salones
donde no estoy
donde no puedo esta

Aquí en América si
yo estoy también
yo estoy
Pero Lincoln
fue asesinado
y yo
yo
yo
todos los días son linchado

El tren especial
corriendo vertiginosamente
es oro es sangre
que yo vertí
a través de los siglos

¿Por qué pues buscarme
en la gloria de Beethoven?

Si yo estoy aquí
surgiendo
de los millones de ayes
que se elevan en los poros
de todos los muelles

Yo estoy aquí
bien vivo
en la voz de Robenson y Hughes
Césaire y Guillén
Godido y Black Boy renacidos
en las entrañas de la tierra
transformando con mi cuerpo
los fundamentos de la vida

Yo sé que estoy aquí
suma consciente y firme
de los hombres
que compusieron el poema
de la vida contra la muerte
del fin de la noche
del comienzo del día

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