Lo primero que me llamó la atención de El eco de un alma desatada: La Brisa que nunca volvió es que Yvonne Vega no se conforma con introducir dos o tres elementos mitológicos como decoración. Construye directamente un mundo en el que océanos, vientos, dioses, náyades, criaturas de las profundidades y fuerzas naturales poseen voluntad propia. El resultado es una fantasía difícil de encajar en una categoría convencional, a medio camino entre el relato mitológico, la aventura sobrenatural y la fábula ecológica.
Brisa constituye una elección de protagonista bastante original: no es una guerrera ni una hechicera, sino el alma de una mujer convertida en una fuerza natural. Su poder tiene algo muy atractivo porque procede de aquello que, aparentemente, es débil: refrescar, rozar, atravesar lugares, hacerse sentir sin ser vista. Ese concepto se explota durante toda la obra y termina teniendo consecuencias también en su vida afectiva.
La construcción del mundo es seguramente el apartado más imaginativo. Thanassia gobierna el ámbito marino; Brizo protege a navegantes; Harmattán aparece convertido en personaje; Leviatán domina zonas profundas; Shiva y Hefesto intervienen después en un conflicto que mezcla mitología con naturaleza. A eso hay que sumar peces abisales convertidos casi en ejércitos, una isla fuera de los mapas, energías de los muertos, ecos capaces de adquirir identidad y un pasadizo que comunica el bosque con las profundidades oceánicas.

Hay muchísimas ideas y la autora no tiene miedo de llevarlas hasta lo extravagante. Particularmente me gustó el episodio de Rescoldo. Parte de una amenaza bastante clásica —una entidad nacida de aquello que otro personaje dejó atrás— y termina transformándose en una pregunta sobre identidad y libre albedrío. Es uno de los momentos donde la fantasía sirve para expresar una idea, en lugar de limitarse a proporcionar espectáculo.
La novela, eso sí, exige entrar en su juego. No esperaría aquí una mitología académicamente rigurosa. Vega mezcla tradiciones, inventa genealogías, modifica figuras conocidas y las coloca junto a personajes completamente originales. Quien busque fidelidad estricta a los mitos clásicos quizá se desconcierte. Funciona mejor si se lee como una mitología propia, creada con nombres y símbolos procedentes de distintas tradiciones.
Otro elemento interesante es la preocupación ambiental. La contaminación marina, los plásticos, la destrucción de bosques, los ríos deteriorados o el conflicto entre humanidad y naturaleza aparecen reiteradamente. La novela puede ser bastante explícita al respecto, pero consigue integrar esa preocupación dentro de su universo: el mar no es escenario, es una entidad afectada por las acciones humanas.
El ritmo es muy particular. Hay capítulos claramente aventureros —la batalla del desierto, el mundo abismal, las Bermudas o la fosa— y otros casi enteramente líricos o sentimentales. Para mí esa irregularidad forma parte de su personalidad, aunque habrá lectores que prefieran una progresión más tradicional.
Me quedo sobre todo con la capacidad de convertir paisajes y fenómenos naturales en personajes con carácter. Después de terminarla, una brisa, una ola o una tormenta tienen dentro del libro una identidad propia. No es fantasía convencional, y precisamente ahí está buena parte de su encanto.

