Cuatro poemas de Luis Alberto de Cuenca

Luis Alberto de cuenca, foto de Arcenillas

Helenista, filólogo, poeta, traductor, ensayista, columnista, crítico, Luis Alberto de Cuenca Prado (Madrid, 29 de diciembre de 1950) es todo literatura. Es licenciado en Filología clásica por la Universidad Autónoma de Madrid.

Inicia su producción poética en 1971 con Los retratos, un libro que se pone a la vanguardia de la estética novísima y que coloca a Luis Alberto en el centro del panorama literario que rompe con la tradición de la poética de los 50.

La caja de plata, publicado 1985, que obtuvo el Premio de la Crítica en 1986, es su quinto libro y representa el cambio estético de Luis Alberto de Cuenca hacia lo que José Luis García Martín denominó una poesía “de línea clara”.

Estas son palabras de Antonio Arroyo Almaraz: “En cuanto a la poesía de Luis Alberto de Cuenca, ésta evoluciona desde una escritura de estética nocturnal a otra de tipo matinal, como la definió Juan José Lanz, en la que defiende una línea clara. Su obra poética, como señaló Javier Gómez Montero, posee un afán innovador que ha influido en la evolución del discurso poético en España y es portadora, a su vez, de las tendencias culturalistas y de la influencia de los medios de comunicación, así como de otros aspectos de los novísimos”.

Luis Alberto de Cuenca, foto de Arcenillas.

Cuatro poemas de Luis Alberto de Cuenca

TUS OJOS

Y tus ojos, tus pétalos de luz,
aquellos ojos que resumían el estío,
vasijas de pureza,
agonizan de sombra en su prisión de nieve
y de silencio.
El mundo es una catedral helada.

SONETO DE AMOR OSCURO

La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o la vida.

Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!

Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.

Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.

ESTOY AQUÍ

Estoy aquí, mi amor, estoy aquí,
velando tus naufragios en las noches
en que nadie responde, en las heladas
madrugadas vacías, en las tardes
de desesperación y locura.
Pon en duda, si quieres, que la Tierra
gire en el desolado precipicio
del espacio infinito alrededor
del Sol, o que los astros sean fuego,
o que el amargo río de la vida
desemboque en la muerte. Pero nunca
dudes de que, en la fiebre del fracaso
o en la sed de la angustia, en el abismo
de la ansiedad y del desasosiego,
estoy aquí, amor mío, estoy aquí.

Aunque tú no me veas ni me oigas.

ELOGIO DE LA PENA

No se os ocurra despreciar
las penas que nos trae la vida,
esas que brillan como el oro
en los otoños del espíritu
y nos agobian de belleza.
Estamos tristes porque estamos
vivos. La vida es sufrimiento,
y eso no está ni bien ni mal,
pero tiene su lado estético.
¿No es hermoso el viento de octubre
que nos arranca de la boca
el dulce fruto apetecido?
¿No son nuestras pobres lágrimas,
atravesadas de dolor
y, sin embargo, cristalinas
como el río más transparente?
¿No enciende hogueras la tristeza
en los hielos de la memoria,
devolviéndonos los perfumes
que un día fueron nuestra dicha?
Las penas arden en el pecho
con llamaradas más profundas
que las del Sol de mediodía.

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