Cuatro poemas de Anna Ajmátova

Anna Ajmátova

Anna Ajmátova nació el 23 de junio de 1889 y murió en 1966, el día 5 de marzo, cerca de Moscú. La escritora rusa es una de las mayores representantes de la poesía acmeísta, una corriente literaria que surgió en la primera década del siglo XX en su país en oposición al llamado simbolismo ruso.

Explica Kyra Galván que «el signo de la poesía de Ana Ajmátova es el de la transparencia. Se explica por sí misma. Surgida en uno de los periodos históricos más convulsos y contradictorios de nuestro siglo, se levanta como un testigo excepcional de los sucesos circundantes. Elabora un conmovedor testamento para las generaciones posteriores que, como Ana creía firmemente, nunca dejarán de amar la poesía, aun en los tiempos más difíciles».

Fue una escritora precoz, ya que sus primeros versos ven la luz en 1907. Su primer libro, Anochecer (1912), es un acto de entrega amorosa plagado de versos breves, sencillos e intimistas, una forma de trabajar que, pese a un ejercicio de estilización sutil, se mantuvo como constante de su obra a lo largo de toda su vida. Su duro y emocionante trabajo en homenaje a las víctimas de Stalin, entre las que estuvo su hijo Lev, Requiem (1935-1940), está considerado por la crítica una obra magna y un monumento al sufrimiento del pueblo ruso, sometido por la dictadura estalinista.

Anna Ajmátova.
Anna Ajmátova.

Julia Manzano, en un artículo titulado ‘Una voz de la memoria’, ofrece una hermosa semblanza de la autora: «La mirada de esta mujer poeta abarca épocas de tránsito: entre dos siglos, dos revoluciones y dos guerras. Es testigo de convulsiones profundas, tanto en el ámbito artístico como político y social. Y su obra tiene siempre una relación con sus experiencias vitales, porque su mirada poética establece un vínculo con el sufrimiento de su pueblo, antes y después de la caída de los zares. Es la trágica voz de la memoria de su pueblo».

Cuatro poemas de Anna Ajmátova

El poeta

Piensas que esto trabajo, esta vida despreocupada
Escuchar a la música algo y decirlo tuyo como si nada.
Y el ajeno scherzo juguetón meterlo en versos mañosos
Jurar que el pobre corazón gime en campos luminosos.
Y escucharle al bosque alguna cosa y a los pinos taciturnos ver
Mientras la cortina brumosa de niebla se alza por doquier.
Tomo lejos o a mi vera, sin sentir culpa a mi turno
Un poco de la vida artera y el resto al silencio nocturno.

La tierra natal

No la llevamos en oscuros amuletos,
Ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella,
No perturba nuestro amargo sueño,
Ni nos parece el paraíso prometido.
En nuestra alma no la convertimos
En objeto que se compra o se vende.
Por ella, enfermos, indigentes, errantes
Ni siquiera la recordamos.

Sí, para nosotros es tierra en los zapatos.
Sí, para nosotros es piedra entre los dientes.
Y molemos, arrancamos, aplastamos
Esa tierra que con nada se mezcla.
Pero en ella yacemos y somos ella,
Y por eso, dichosos, la llamamos nuestra.

Soneto de estío

Más que yo vivirá lo que aquí vive,
Hasta los nidos de los estorninos,
Y este aire migratorio que cruzó,
Aire primaveral, la mar en vuelo.

La voz eternidad de allá nos llama,
Del más allá con su invencible fuerza,
Y por encima del cerezo en flor,
La luz lunar menguando se derrama.

Parece que blanquea sin estorbo,
A través de las verdes espesuras,
La senda que no digo adónde lleva…

Allí hay más claridad entre los troncos
Y todo se asemeja a la arboleda
Que circunda el estanque en Tsárkoie Seló.

Sótano del recuerdo

Es pura tontería que vivo entristecida
Y que estoy por el recuerdo torturada.
No soy yo asidua invitada en su guarida 
Y allí me siento trastornada. 
Cuando con el farol al sótano desciendo, 
Me parece que de nuevo un sordo hundimiento 
Retumba en la estrecha escalera empinada. 
Humea el farol. Regresar no consigo 
Y sé que voy allí donde está el enemigo. 
Y pediré benevolencia… pero allí ahora 
Todo está oscuro y callado. ¡Mi fiesta se acabó! 
Hace treinta año se acompañaba a la señora,
Hace treinta que el pícaro de viejo murió… 
He llegado tarde. ¡Qué mala fortuna! 
Ya no puedo lucirme en parte alguna, 
Pero rozo de las paredes las pinturas 
Y me caliento en la chimenea. ¡Qué maravilla! 
A través del moho, la ceniza y la negrura 
Dos esmeraldas grises brillan 
Y el gato maúlla. ¡Vamos a casa, criatura! 

¿Pero dónde es mi casa y dónde mi cordura?

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