Claudio Rodríguez García (Zamora, 30 de enero de 1934-Madrid, 22 de julio de 1999) fue uno de los representantes de la Generación de los 50. Su obra fue galardonada con destacados premios como el Adonáis, el Premio Nacional de Poesía o el Reina Sofía de Poesía.
Su primer libro, El don de la ebriedad, es considerado de culto y uno de los grandes hitos de la poesía española contemporánea. «Se trataba de un libro inspirado y puro, situado en el territorio de las revelaciones de la ebrietas, de imágenes deslumbrantes y misteriosas y sostenida intensidad hímnica, escrito por un poeta adolescente entonces desconocido, que lo había ido componiendo en sus largas caminatas por tierras de Castilla», explica Fernando Yubero en una semblanza sobre el autor.
Miembro de la Real Academia Española, Rodríguez «se inició en la lectura siendo un adolescente por influencia de su padre, un gran lector de poesía. Como indican Fernando Yubero Ferrero y Rafael Morales Barba en el Diccionario biográfico español (DBE, 2011), «el interés posterior del poeta por el lenguaje oral, popular y la canción infantil, tan determinantes en su poesía», proviene del contacto que tuvo con la vida campesina al pasar los veranos en una finca, propiedad de su abuela, en Zamora».

Cuatro poemas de Claudio Rodríguez
Hilando
Tanta serenidad es ya dolor.
Junto a la luz del aire
la camisa ya es música, y está recién lavada,
aclarada,
bien ceñida al escorzo
risueño y torneado de la espalda,
con su feraz cosecha,
con el amanecer nunca tardío
de la ropa y la obra. Este es el campo
del milagro: helo aquí,
en el alba del brazo,
en el destello de estas manos, tan acariciadoras
devanando la lana:
el hilo y el ovillo,
y la nuca sin miedo, cantando su viveza
y el pelo muy castaño
tan bien trenzado,
con su moño y su cinta;
y la falda segura; sin pliegues, color jugo de acacia.
Con la velocidad del cielo ido,
con el taller, con
el ritmo de las mareas de las calles,
está aquí, sin mentira,
con un amor tan mudo y con retorno,
con su celebración y con su servidumbre.
Alto jornal
Dichoso el que un buen día sale humilde
y se va por la calle, como tantos
días más de su vida, y no lo espera
y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto
y ve, pone el oído al mundo y oye,
anda, y siente subirle entre los pasos
el amor de la tierra, y sigue, y abre
su taller verdadero, y en sus manos
brilla limpio su oficio, y nos lo entrega
de corazón porque ama, y va al trabajo
temblando como un niño que comulga
mas sin caber en el pellejo, y cuando
se ha dado cuenta al fin de lo sencillo
que ha sido todo, ya el jornal ganado,
vuelve a su casa alegre y siente que alguien
empuña su aldabón, y no es en vano.
Noche abierta
Bienvenida la noche para quien va seguro
y con los ojos claros mira sereno el campo,
y con la vida limpia mira con paz el cielo,
su ciudad y su casa, su familia y su obra.
Pero a quien anda a tientas y ve sombra, ve el duro
ceño del cielo y vive la condena de su tierra
y la malevolencia de sus seres queridos,
enemiga es la noche y su piedad acoso.
Y aún más en este páramo de la alta Rioja
donde se abre con tanta claridad que deslumbra,
palpita tan cercana que sobrecoge y muy
en el alma se entra, y la remueve a fondo.
Porque la noche siempre, como el fuego, revela,
refina, pule el tiempo, la oración y el sollozo,
da tersura al pecado, limpidez al recuerdo,
castigando y salvando toda una vida entera.
Bienvenida la noche con su peligro hermoso.
Con los cinco pinares
Con los cinco pinares de tu muerte y la mía
tú volverás. Escucha. La promesa besada
sobre tu cicatriz sin huella con racimo en silencio
nos da destino y fruto en la herida del aire.
Si yo pudiera darte la creencia y los años,
la visión renovada esta tarde de otoño
deslumbrada y segura sin recuerdo cobarde,
vileza macilenta, sin soledad ni ayuda…
Es el amor que vuelve. ¿Y qué hacemos ahora
si está la alondra de alba cantando en la resina
de los cinco pinares de tu muerte y la mía?
Fue demasiado pronto pero ahora no es tarde.
¡Si es el amor sin dueño, si es nuestra creación:
el misterio que salva y la vida que vive!