La vida que encontré me ha parecido una autobiografía emocional mucho más que un libro sobre reproducción asistida. Sí, hay fecundaciones in vitro, hormonas, embriones, heparina, clínicas y una cantidad considerable de agujas, pero quedarse únicamente con eso sería perderse el centro de la historia. El tema verdadero es qué ocurre cuando conviertes un sueño en el eje de tu identidad y la vida te obliga a imaginarte sin él.

Yessi Morel escribe como habla. Y eso es, sin duda, uno de los grandes puntos destacados del estilo de la autora. Frases cortas, capítulos ágiles, preguntas dirigidas casi directamente al lector y mucho humor cotidiano. No busca una prosa especialmente literaria ni sofisticada, y creo que acierta: la fuerza está en sentir que alguien te cuenta algo que realmente vivió. La autora posee además cierta facilidad para encontrar una imagen divertida incluso en situaciones incómodas. Sus ovarios se convierten en un “racimo de uvas”, los óvulos participan en un casting y las salas de espera forman parte de una especie de educación sentimental que nunca quiso recibir.
Pero lo interesante en este testimonio es observar cómo esa voz va perdiendo ligereza. No porque desaparezca el humor, sino porque nosotros ya sabemos cuánto lleva encima. Al principio cada tratamiento es una nueva oportunidad. Después aparece el cansancio de haber aprendido demasiado: porcentajes, llamadas, protocolos, resultados y esa capacidad terrible de reconstruir una esperanza desde cero después de cada negativo. La evolución de Yessi está muy bien sostenida porque no ocurre mediante grandes discursos, sino por acumulación.
Hay además una idea que me parece especialmente valiosa: la importancia de sentirse tratada como persona dentro de la medicina reproductiva. El contraste entre profesionales fríos, clínicas espectaculares y la figura de Belén, una ginecóloga capaz de escuchar, deja uno de los mensajes más interesantes del libro. Cuando alguien lleva años entrando en consultas, la humanidad puede importar casi tanto como el conocimiento técnico.
La parte de los embarazos y las pérdidas es otra historia. Ahí el libro se vuelve mucho más desnudo. Yessi cuenta el miedo, el reposo, el sangrado, la esperanza de que todavía exista algo que pueda hacer y, finalmente, la imposibilidad de salvar aquello que tanto había deseado. No intenta ofrecer una versión bonita del duelo. Habla del cuerpo, de la soledad, del silencio posterior y de imágenes que permanecen mucho después de que todo haya terminado.
Quizá habría agradecido algo menos de reiteración en algunos capítulos intermedios. La estructura cronológica hace que ciertos tratamientos se parezcan inevitablemente entre sí, y hay reflexiones que regresan varias veces.
A cambio, el desenlace tiene bastante sentido precisamente porque hemos vivido todo ese desgaste. La pregunta final ya no es “¿seré madre?”, sino “¿quién soy si no lo soy?”. Y cuando Yessi empieza a recuperar proyectos, viajes, familia, amigos y libertad, el libro encuentra su verdadera conclusión. La maternidad fue una parte enorme de su historia, pero no tenía por qué convertirse en toda su identidad.
Una lectura dura por momentos, sí, pero también muy humana y muy fácil de sentir cerca.

