Daniel J. Rodríguez: algunos poemas

Daniel J. Rodríguez.

Daniel J. Rodríguez (Murcia, 1992) es periodista graduado por la Universidad de Murcia con un trabajo final dedicado a definir el ‘género’ de entrevista narrativa. 

Actualmente colabora con medios como Zenda y Eldiario.es, donde publica informaciones, reportajes y artículos relacionados con el mundo de la literatura y, en concreto, de la poesía. También mantiene una web en la que continúa aportando contenido cultural.

Ha trabajado como community manager para, entre otras, la Universidad de Murcia. Ha codirigido la revista de poesía La Galla Ciencia, donde también publicaba entrevistas de personalidad. Forma parte del grupo de literatura La sierpe y el Laúd, que en 2020 cumplirá 40 años de existencia. Ha sido redactor del área de cultura del diario regional La Opinión de Murcia. 

Daniel J. Rodríguez
Daniel J. Rodríguez

Algunos poemas de Daniel J. Rodríguez

XII

Un grito nuevo aleja el sueño.
Lo despide un canto sagrado y animal,
herético tal vez, pero preñado de lo eterno.
Abres los ojos –el calor lo infecta todo–
y te giras hacia ella mientras el moro,
en la torre evocada,
continúa su letanía.
Es el despertar más dulce que recuerdas:
esa cama extraña, pero ya tan tuya, de tu cuerpo;
aquella mujer, su perfil en reposo,
y el incierto olor a mil especias
que se cuela por el ventanal
con el maullido de los gatos sin dueño.
Te vistes.
Calientas el agua para dar dos sorbos
a un vaso de té que no te agrada.
Bajas la empinada escalera y te lanzas
a buscar el dorado brazo de un mar nuevo,
las miradas amables de los regateadores,
el caos de coches, bicicletas,
la rica pobreza de algunas de estas gentes 
y, en el fondo, a ese otro tú que desconoces.
Jamás has imaginado un mundo igual a este.
Tratas de memorizar los azules colores
de su templo azul,
el sabor de aquella carne,
el olor,
el ruido,
el ruido, que es la melodía
de esta ciudad Eterna y ajena…
El viaje acaba y has de regresar.
En el bolsillo escondes alguna baratija.
Caminas entre los puestos del mercado más hermoso.
Miras los dulces,
aprecias la plata,
masticas algunos frutos secos
y piensas en la vuelta.
Te observas por fin en un caro espejo
y contemplas, por primera vez,
aquel al que buscabas:
el hombre que sostiene su fracaso.

V

Acércate,
y háblale a esta cruz
del Dios ausente.

Invierte tus esfuerzos en gritarle.
Llora, si es que acaso a tu dolor le quedan lágrimas
y no caigas –mírame–, no caigas en la duda
de si allí no escucha nadie o si estás solo.

**********


¿Recuerdas aquel día?
Esa fuente, el frío del primer hogar,
tu pelo enmarañado y de costumbre…
Y esa voz, la voz de un Dios podrido,
hablándole a tu frente.

Míralo. Contempla cada rasgo de mentira
–eso que sabes ahora, cuando has visto,
porque has visto, que el cielo no es más que la costumbre–
y huye, si todavía te quedan fuerzas.

***********


Ha pasado el tiempo. Y Dios no es más que un escalofrío,
como ese que te recorre cuando bebes agua congelada.

Lo oyes, oyes su nombre –Dios, Dios, Dios–, y nada.
Solo ese pequeño espasmo, esa mínima inquietud
que te recuerda que tal vez, cuando mueras, 
te juzgará por haberle desterrado.

Miradas

Hay como un golpe de látigo al final de esa mirada.
Ya la conoces, pero la observas una vez más.
No sabes por qué, pero te inquieta. 
Apenas hay nada en esa la sala y, sin embargo
la mirada y el hombre, la mujer, el niño que la lanza
parecen ver lugares a los que asirse con violencia.

No se atisba en ella más deseo que la huida,
esos ojos agitados disparando un SOS
ante el blanco estupor de quien les salva.
Está allí, y quisiera estar en otro sitio,

o tal vez no estar,

no ser ya nada.

Hay miradas que se guardan para siempre.
Hay miradas…

XIII

He absorbido toda la luz para ser de un negro puro.
De este luto infrecuente obtengo cada pisada
y siento así el pálpito de un mundo que se muere.
Asumo el barro, en él naufragan mis pies.
Abrazo la condena para intuir tal vez el brillo,
alguna vez el brillo de esa luminaria y estar en paz.

Y sé que tal vez solo sea un cuento, 
que detrás del negro y del pecado
no hay distancias que salvar,
que solo somos un apéndice de la culpa,
pero esa luz,
qué digo,
la ilusión de esa luz,
la esperanza de que nada le haga sombra…

Y tal vez tan solo unos segundos,
cuando la vida toda esté ya en pretérito,
sentir ese calor, esa luminosa presencia
y saber que ha merecido la pena.

PEDRO HEREDA UN HUEVO DE ZURCIR

-¡Cuánto habré zurcido yo con este huevo! 
De todas estas cosas, es lo que menos valor tiene.

-Pues dámelo.

-Toma: acabas de heredarlo.

(Dolor y Gloriade Pedro Almodóvar)

Las madres viejas hacen daño con la boca. Las madres viejas son obelisco de luto. Las madres viejas tienen un hueco en la garganta y los ojos de un azul como nunca antes. Se mueren, las madres viejas, con el negro de las viudas lamiéndoles el cuerpo. Y repasan con sus malos hijos el ritual de la mortaja: rosario antiguo, con todos los rezos agotados, y el velo oscuro de la muerte tapándoles las canas. Las madres viejas son un lápiz de carbón, la mano en mi mano que lo guía, las letras mal escritas sobre una castigada enciclopedia, la visión fugaz de un muslo terso y antiguo, el misterio de un pubis salvaje. Pero, sobre todo, un puente hacia la infancia cruel, a las fiebres de la infiel amistad de los niños, un miedo atroz al primer beso, el tocarse en silencio, con los ojos cerrados, después de la comida. Las madres viejas son el centro. Las madres viejas dan sentido y ofrecen orden, como un espejo honesto en el que el hombre se mira para volver a ser.

XVII

Rozo las cicatrices de mi mano. 
Son dos. 
La piel en esos puntos me es extraña. 
Pareciera la de otro. 
Tal vez la mía en otro tiempo. 

Puedo notar el latido de la sangre. 

Ahora soy alguien ajeno:
la sutura aleja el sufrimiento. 

No me toques.

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