Una poética del cuerpo

Lecturas de junio 2019.

¿No es el amor un ‘no sentirse nunca digno’? ¿A qué obedece el azar para que esos ojos fijen su mirada en ti, a qué que esas manos quieran encontrar el consuelo sosegado en las tuyas? Si lo supiésemos, si supiéramos lo que es el amor… Afortunadamente, algunas lecturas vienen a definirlo.

Podría parecer que Si hubiéramos sabido que el amor era eso, de Paco Umbral, es una novela que busca respuestas, pero debe ser que el amor no entiende de eso; el relato del periodista es una postal en la que dos jóvenes indagan de un modo incansable en su relación; tratan de entenderse en ella, de buscar costuras al cotidiano día a día para poner nombres, etiquetas, marcas. Pero se dan de bruces, una y otra vez, con la realidad: no hay respuestas posibles, cerradas.

Ellos se aman de un modo imperfecto, vago, casi a ratos, pero también profundo, capaz de epatar, de cortar la respiración, de tener la espesura de un sueño. Y arañan con sus dedos lo que creen que es la superficie de algo más grande, sin darse cuenta de que amar es tomar los hábitos de un apóstol y seguir a tu señor (a tu señora) aun cuando los clavos hacen hasta arder la sangre que pasa por tus muñecas.

La prosa de Umbral es un ladrido de humo, sabe a ciudad y a diccionario, se espesa como una gelatina a través de la que puedes verlo todo. El complejo laberinto sintáctico de la que fue una de sus primeras novelas hace que el lector desee perder el hilo de Ariadna para quedarse dentro.

¿Lo quieres más oscuro?

Pedro Alberto Cruz continúa la lucha contra el verso. Dueño, desde su primer libro, del don del emblema hecho palabra, en El oledor de Pretzels (Liliputienses, 2019) afina más el tiro.

El cuerpo -más allá todavía, la conciencia del cuerpo- centra casi la totalidad de los poemas, narrativos y muy pegados a la carne.

La herida, la enfermedad, fluidos como la sangre, las lágrimas o la regla sirven al poeta y profesor de Arte para tratar de configurarse en el presente, hacerse cierto, nítido, corpóreo.

El juego entre la enfermedad y el ‘yo’ es interesante: la primera recuerda constantemente que se es, mientras que el yo poético no es capaz de ‘ser’ si las dolencias toman el centro de la escena.

En mi cuerpo hay una mancha

Sobre el cuerpo, alrededor de la presencia en forma de mancha también circundan los poemas de Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017), de María Sánchez. El libro, más allá de ser una ‘biografía’ familiar e histórica de la poeta, se convierte en una reflexión sobre la relación del ser humano con la tierra, con el ambiente rural, consigo misma.

Tierra de mujeres, de María Sánchez.
Tierra de mujeres, de María Sánchez.

También comienza a pagar María Sánchez una deuda que adquiere con las mujeres de su familia, olvidadas por ella durante su primera juventud y cuyos perfiles va a trazar de un modo cada vez más nítido la autora.

Continúa en esa senda en Tierra de Mujeres (Seix Barral, 2019), un ensayo en equilibro perfecto entre lo lírico, lo narrativo y lo reivindicativo que habla del campo, de las aldeas, del trabajo diario en esas zonas cada vez más ‘vaciadas’ rompiendo con las postales idílicas que tradicionalmente se han utilizado para construir el imaginario social en torno a esa zona. Tierra de mujeres es un libro valiente, sincero, confesional, que alecciona al lector, que le tira del caballo y le muestra una realidad ajena pero necesaria: la tierra a la que debemos de volver.

La poesía, otro cuerpo

José Alcaraz ha obtenido, con El mar en las cenizas, el accésit del Premio Adonáis en su edición de 2018. No me extraña. El poeta cartagenero ha venido publicado unos libros de gran altura poética en los que, desde siempre, se ha ido intuyendo lo que este breve poemario, que habla de lo poético, de la creación literaria y de la relación del poeta con la escritura, confirma: Alcaraz tiene el don, y sabe utilizarlo.

Algunas lecturas se quedan guardadas al fondo, reverberan desde ahí, son historias que, de pronto, forman parte de uno mismo y para siempre Clic para tuitear

El mar en las cenizas es un ponerse frente a frente ante el acto de creación lírica, algo que no es tan idílico como pueda parecer al inicio. La literatura es una extensión del propio cuerpo, de la propia existencia del autor, que dice, en poemas breves de versos libres:

TENGO un epitafio:

Así está bien.

Lo cuido,
crece como la hierba.

Lleva una lluvia dentro
y viento
con risas de niño.

Juega a mi alrededor.

Es extraño.

No sé.

Lo más alegre
que he escrito triste.

Los ojos de una bestia salvaje me miran desde el fondo de la jungla

Qué maravilla es Ojo de jaguar, el primer libro del inmenso poeta mexicano Efraín Bartolomé. Publicado en la década de 1980, muchos críticos lo califican como «libro capital» de la literatura de México.

Una exquisita edición mínima, publicada con motivo del 25 aniversario de la aparición del libro ha llegado a mis manos, para dejarme versos como:

«Que se ahogue este asombro hasta volverse tierra»

«La palabra
enrosca su cuerpo
en el tallo del agua»

«Nada se puede hacer contra la lluvia
Nada contra el río negro»

«Entro en tu respiración
Me duermo en tu memoria»

Marco Antonio Campos escribe en el prólogo de la edición del libro de Efraín: «Es una geografía intensa de amarillos, de verdes oscuros, de un azul cielo húmedo, y en el fondo -o arriba- el sol. Un gozo continuo llamea en nosotros y la poesía habla con el corazón y la piel ardientes«. Todo un acierto.

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