Dionisia García y Aurora Saura, siempre habrá poetas

Dionisia y Aurora se reúnen en la casa de la primera. Foto de Juan Caballero.

Cuando uno piensa en los nombres de Dionisia García y Aurora Saura, se le llena la cabeza de versos; versos que traspasan la epidermis para quedarse siempre: «Lo mejor de aquel viaje / fue saber de nosotros / en un lugar lejano», ha dejado escrito la primera, que ofreció a los lectores, hace bien poco y en un único volumen, las 638 páginas que componen su obra poética completa. Saura, como en una suerte de respuesta indirecta, ha publicado: «Una mirada / podemos intentar, / todavía / un momento». Son, ambas, poetas hasta la última astilla de sus huesos: han desgranado, las dos y cada una a su manera, el alma humana; han versificado pasiones, errores históricos, esos felices momentos que han de dignificar al ser social… Y son, también, mujeres de su tiempo, conscientes del grave peso de la edad, agradecidas (una más que la otra) con el mundo en el que viven y preocupadas por otro, el que van a dejar a sus nietos, que no es exactamente el mismo al que llegaron.

«Vamos hacia una nueva civilización». Así, rotunda, responde Dionisia García ante la sugerente palabra ‘futuro’. «Las generaciones venideras van a tener que soportar esa nueva situación», continúa, «y yo creo que no soy pesimista, pero es imposible saber qué va a ocurrir». El tono se le amarga levemente a la poeta, que hasta en los asuntos más graves sonríe a través de su mirada. «¿Y tú, Aurora, qué piensas?», interroga. Saura, que ha decidido quién sabe por qué mirarlo todo desde una óptica menos optimista, observa: «Una vez que hemos llegado a este punto, cuando todo ha ido tan acelerado y tras dejar de lado tantas y tantas posibilidades de que todo hubiera sido más agradable, no estamos en un mundo mejor».

Recientemente leyó a un paleontólogo que argumentaba que la Humanidad no había avanzado nada, una tesis que apoya en parte: «En algunos aspectos, el ser humano ha retrocedido y estamos contribuyendo a que la Tierra y la naturaleza estén más degradadas».

Dos minutos después de encender la grabadora se certifica lo que cualquier lector murciano podría suponer: entre Aurora Saura y Dionisia García existe una agradable amistad, una ‘relación cordial’ cultivada con los años y en la que ambas toman un protagonismo natural. Se han citado en la casa de Dionisia, en su lugar de trabajo, un despacho en el que pasa ‘todo el día’ aunque a veces se levanta sin escribir una línea, y en el que recibe a tantos y tantos amigos y discípulos. Allí acude, a menudo, Aurora Saura. «Menos de lo que querría», avisa la autora de Si tocamos la tierra, aunque habla de todos los encuentros pasados con una ternura sincera. Se percibe un feliz feeling entre ambas: se interrumpen, se cortan, comentan ‘aquello que pasó’ sin darse más pistas al respecto, y ríen… Dos amigas que se han encontrado en un tiempo en el que configurarse como poeta y mujer no ha debido ser, desde luego, lo más fácil. Dos escritoras, además, ‘tardías’, como reconocerá Saura, pero bajo cuya firma responsan los títulos de libros ya imprescindibles para las bibliotecas de poesía.

En ese ir y venir de la conversación, entre nietos, hijos y calurosas anécdotas veraniegas que salpican las intervenciones, continúan con la reflexión sobre ese futuro que espera como una fecha fija marcada en el calendario: «La esperanza está con nosotros, aunque es cierto que una de las razones fundamentales de esta negativa mirada al futuro es que la técnica va delante del propio humano», reflexiona Dionisia. Para ella, «una vida, ahora, no vale nada; ahora los muertos se cuentan por cientos, en el siglo XXI parte de la población está desabastecida, hambrienta… Deseo que pase algo para que esa gente desfavorecida tenga cierto bienestar y acceso a la cultura». Demuestra la poeta y narradora que vive en el mundo en el que vive. Esto es, que le preocupa la deriva social que sufre la población. Pero es optimista. Otra vez esa sonrisa en el fondo de la mirada. «De vez en cuando surgen motivos para la esperanza: el otro día apareció una noticia de una señora que a sus 93 años se había ido a Kenia, con su bastón, a enseñar a los niños de allí; eso son gotitas de esperanza», dice. Y calla agradecida.

Aurora Saura, de nuevo, pisa tierra con una mayor amargura: «Tengo siempre a Camus como referente, y él decía que no puedes saber si vas a lograr o no algo, y posiblemente no puedas llegar a donde quieres, pero tienes que continuar una senda que te permita saber que, para ti, lo que has hecho vale, aunque a ojos de los demás sea poquísimo». «Pero, por eso, está la esperanza», contrataca García, «el pensar que las generaciones que vengan después, las que compondrán esa nueva civilización, van a aportar su ímpetu, su juventud… harán lo posible por ese nuevo mundo».

¿Y dónde hallar la solución? Las poetas bajan el gesto, se interrogan por segundos, una mira a la otra para ver cuál de las dos se lanza a hablar. Es Dionisia quien toma la palabra en primer lugar: «La herramienta es la cultura; el ser humano actúa de otra manera si está preparado, si se forma, si es capaz de pensar». Para ella, el conocimiento (más humanista, quizá, que científico, aunque también) se configura como el origen del compromiso social, de los deseos de avanzar hacia un mundo mejor y más justo. Y la Historia, salvando terribles excepciones, parece darle la razón.

«La crueldad está en nosotros y no podemos desentendernos de algo que es congénito a nuestro propio ser; lo que permite la cultura es que cada persona pueda bridar esos instintos en beneficio de originar un mundo mejor, más habitable», asegura. Algo con lo que podría coincidir Aurora, aunque considera que el hombre «no está por encima de todo»: «El ser humano, sin contacto con la naturaleza, no vale nada; y el ser humano relacionado con la naturaleza me parece más importante que el ser humano culto, porque este último ha dado mucho, pero también, en algunos momentos, ha demostrado un desprecio enorme por sus congéneres».

La sombra de los conflictos bélicos que azotaron Europa y el mundo a lo largo del siglo XX cae sobre la mesa de café que se erige epicentro de la biblioteca de Dionisia. Las dos mujeres continúan, sin mucho acuerdo, debatiendo sobre el origen del mal y las herramientas del bien. Hasta que la conversación va derivando, como la propia vida, hacia otros intereses. Un proceso natural y espontáneo.

Literatura, pilar de existencia

El futuro, lo que ha de venir, continúa planeando sobre el encuentro que las dos escritoras mantienen. Ahora es la literatura y su devenir la que protagoniza las intervenciones. Aquí sí, ambas coinciden en asomarse a los nuevos tiempos con mayor esperanza. Y es que, en el fondo, su apuesta, la de las dos, es la apuesta por la Literatura. Para ellas, la palabra es alimento y sentido; uno de los pilares en los que basan su existencia.
«Albergo la esperanza de que se mantenga la idea de libro y de cultura literaria en parte, por lo menos, como la hemos conocido», explica Saura. Y continúa: «Esa idea de que todo sea tecnológico me parece muy peligrosa; lo veo en mis nietos, que aunque son lectores tienen demasiadas pantallas llamándoles la atención continuamente». Tiene, Aurora, un deseo de cara al devenir de las letras: «Espero que, sin desdeñar las nuevas tecnologías, se mantengan las tertulias literarias, los libros en papel… y, en cuanto al futuro de la literatura como tal, no puedo ser tan pesimista; este es uno de los sectores, islas, que se debe mantener y se va a mantener siempre».

Maestros

Así como son capaces de agradecer el momento cultural en el que germinó en ellas la poesía, asumen que las nuevas generaciones de escritores, los que ahora están leyendo para, quién sabe cuándo, componer nuevos versos inmortales, necesitan de la figura de un maestro para convertirse en grandes escritores. «Ahora no hay líderes; tampoco en la literatura», cuenta Dionisia.

«A mí me parece que no hace falta la figura de ese maestro geográficamente próximo», piensa Aurora. «Si hay un referente cercano, sería magnífico, pero no creo que sea necesario en este momento o, al menos, no me parece que eso sea demasiado importante, porque sí que creo que hay un movimiento de comunicación literaria con todo el mundo que hace que nos podamos sostener en algo mucho más amplio que lo que tenemos cerca». Para ella, la Literatura brota independientemente de los límites geográficos e incluso temporales: tan relevante puede ser para alguien la figura de Dostoyevksi como la de un jovencísimo autor latinoamericano con el que poder conectar a través de Facebook. Lo importante es saber mirar en la dirección adecuada.

Aurora Saura y Dionisia García en el despacho de la segunda. Foto de Juan Caballero.
Aurora Saura y Dionisia García en el despacho de la segunda. Foto de Juan Caballero.

«También pienso que un maestro lo es más cuando ya no está, cuando deja su obra; después de un pequeño purgatorio es cuando comienza un autor que será de referencia a convertirse en ello». Toca entonces esperar a que pasen esos pequeños purgatorios para que surjan (ambas poetas están convencidas) esos nuevos maestros inmediatos que serán leídos hasta la extenuación por las generaciones venideras.

Y siempre, por supuesto, con la vista puesta en que el verdadero motor del escritor es lo que ya otros y más grandes han escrito: «Hay que leer mucho, todo lo posible, antes de cumplir los 30 años», indica Aurora, porque eso es’ lo que queda’, lo que de verdad ‘permanece’, aunque con eso no está todo el trabajo hecho porque la lectura es una tarea ardua y que hay que completar, aun sabiendo que es un imposible, a lo largo de toda la vida: «Hay que leer siempre porque una nunca sabe cuándo va a hacer un nuevo descubrimiento», afirman las dos a una voz. Y releer. No son las únicas que hacen un halago al ejercicio de releer una y otra vez a aquellos que lo merecen; son muchos, muchísimos, los que en sus diarios han dado muestras de regresar una y otra vez a la fuente inagotable de magníficos escritores: «A Montaigne, por ejemplo, hay que volver de vez en cuando, y siempre lo encuentras fresco y hondo», pone como botón de muestra Dionisia. Saura afirma con un gesto cómplice y se sonríen.

Si hay algo que ninguna de las dos comprende respecto al mundo literario, y que ven cada vez más en las nuevas hornadas, es a estos incipientes ‘autores’ (y aquí sí valen las comillas) que comienzan a juntar letras ‘con pretensiones’: «Yo he sido profesora y he visto a algunos que tienen ya esa pose desde su primer texto, no comprenden que hay que leer casi más que escribir», censura Aurora. «¿Qué has leído? ¿Cuánto has leído? Párate a pensar antes de escribir ya con un libro encuadernado en la cabeza», acusa. Y es cierto, en la actualidad casi da miedo asomarse a ese fango maravilloso que son las redes sociales. No es raro encontrarse con la palabra poeta o escritor en la biografía de algunos que no conocen siquiera el entorno lírico inmediato. «Eso me parece una deriva terrible». Y una falta de respeto. «Pues sí, fundamentalmente», confirma. Dionisia lo resume en una frase certera y aguda como un dardo: «Les interesa demasiado ser famosos». No hay más preguntas, señorías.

Escenarios de vida

Baudelaire decía que el mundo era monótono y pequeño. Para Dionisia García, este planeta es «amplio, sugerente y hermoso»: «Creo que nos abastecemos de lo que vemos y de lo que experimentamos; nuestras experiencias son las que, pasadas por un filtro, van luego a la escritura». La vida es para ellas, poetas no de la nueva sentimentalidad, pero sí de la experiencia, el material único y absoluto en el que se argamasa su obra. «Si no vives, no puedes escribir: somos pasado». Que alguien se atreva a contradecirla.

«Cualquier cosa es un motivo sugerente, lo mínimo de todo lo que este mundo ancho y no ajeno te puede dar es material para el poema», recapitula Aurora Saura. La autora de Retratos de interior tiene claro que «lo mínimo se hace grande en la escritura». Por eso, a modo de haiku, escribió, por ejemplo: «Una vez más / hacen la primavera / las golondrinas».

En ese mar de relevantes nimiedades carne de poema y de vida, la una y la otra destacan a las personas. De nuevo el ser humano, el hombre y la mujer que rigen el mundo, se sitúan en el centro. Ambas han sido grandes viajeras, han recorrido el mundo, casi siempre de mano de la literatura, para conocer lugares, geografías, culturas, y… sobre todo, a aquellos habitantes tan ajenos como propios sobre los que han escrito casi todo lo que han escrito: desde la venta de un pañuelo en Túnez hasta el hormiguero que es una calle de cualquier zoco de Turquía, cada escena, cada sensación les incendia con el fuego de querer traspasar la piel del otro: es el conocimiento del otro, que es también el suyo propio, el que las mueve, aquello por lo que les nacen versos. No se arrepienten nada de estar en el mundo, en este mundo.

Palabras del mañana

Por mucho que Aurora diga que no, por mucho que su escepticismo le haga afirmar que no cree que haya ningún título más con su firma, tanto ella como Dionisia llevan tanta literatura como hemoglobina en las venas. Por eso es imposible dejar de imaginarlas bajo el flexo, frente a un papel emborronado, con el objetivo de plasmar su vida con grafito. «Mientras esté viva y la mente me ayude, yo sigo escribiendo», garantiza Dionisia por las dos. Y es que la literatura no es un hobby, ni siquiera un oficio; se trata de un apostolado.

«Ahora estoy trabajando en un diario, que se publicará, pero sin prisas; también tengo mis aforismos, aunque esos vienen como un racimo de cerezas», y un libro de relatos que firmará en breve, recapitula García.

También Aurora Saura está dando las penúltimas revisiones a una colección de poemas que aparecerán en una relevante editorial del país
Y, en ese momento, se enciende la chispa en sus ojos. Porque hay, ha habido y habrá literatura en Aurora Saura, porque sus libros ya la han hecho eterna, como a Dionisia los suyos, y serán poetas hasta que el tiempo sea capaz de enterrar sus nombres, si se atreve.

Texto publicado en el especial de La Opinión de Murcia por su 30 aniversario.

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